martes, junio 29, 2010

Seres

Todos hemos querido ser lo que no somos, y viceversa. Ya no me acuerdo de los veranos, ni del reflejo del sol en aquella chapa tuya que siempre llevabas en las camisetas. Ahora soy muchas cosas que no quise ser. Y ha habido renuncias duras y otras peores. Porque renunciar termina por ser una costumbre. Es una gran verdad que la primera renuncia duele, pero luego todo acaba entrando y se termina por mirar con recelo –envidia disfrazada- a aquél que decidió plantarse. En un tiempo soñamos con ser auténticos y decadentes, ahora sólo tenemos lo segundo, que sin lo primero deja de tener gracia. Triste es pensar que todo aquello no vuelve. Hastío y retrovisor es lo único que queda. Ya, por no verse, no se ven ni chapas tan bonitas como la que tú llevabas.



Escuchando: Bling - The Killers

viernes, junio 25, 2010

El yo

Porque contar historias en tercera persona es mucho más cómodo, y también mucho más cobarde. Porque esconderse detrás de una máscara y un nombre es el perfecto refugio. A veces pienso que se trata de vivir distintas vidas, pero, en realidad, va de poder decir aquello que no puedes decir cuando hablas en tu nombre. Así que no son historias de otros, no es un punto de vista despegado de francotirador. No, soy yo en cada letra, soy yo en cada imagen y en cada adjetivo que sobra. Escribir es soltar lastre, y ese peso siempre es tuyo, aunque lleve otro nombre y vista otra ropa. El yo es el yo aunque lo disfraces de él.



Escuchando: La Costilla - Niños Mutantes

jueves, junio 17, 2010

Presión


Hacía calor ya. Los surfistas habían empezado a llegar y todo comenzaba a llenarse de niños jugando por la calles. Aquel verano fue el primero en el que no ibas a venir. Cuando lo supe estuve toda la tarde encerrado en mi habitación oyendo una y otra vez la misma canción. Fue mucho para mí. La presión puede llegar a ser una cuerda atada a tu cuello a la espera de que alguien la tense. Pasó mucha gente por allí y yo no le dirigí la palabra a nadie. La boca cerrada, la cabeza gacha. Tienes los ojos tristes, me dijo alguien que no consigo recordar. Un estupendo resumen, pienso ahora. Fue por aquel entonces cuando murió aquel chico. Se lo tragó una ola y todo se llenó de periodistas, con sus cámaras y sus micrófonos. Tú no estuviste para verlo y, en cierto modo, yo tampoco. Ya fue otro el que comenzó a recoger las hojas secas del jardín.


(Texto y foto por Trapi)

Escuchando: Fly as you might - Julian Plenti

lunes, junio 07, 2010

Aeropuerto


Y si se diera la vuelta, saliera del aeropuerto y volviera a su apartamento. Quizás huir, porque es de lo que se trata en realidad, no sea la solución. Enfrente, el ventanal uniforme que lo rodea todo. Pájaros de metal como mensajeros de un nuevo futuro que nadie ha dicho que vaya a ser mejor, pero sí diferente. En el móvil sigue sin haber ningún aviso. Una excusa menos. En la pantalla de salidas, dos letras y cuatro número en los que está cifrado el futuro. Indescifrable. Incierto. Todo el mundo parece seguro a su alrededor. Andan decididos, con prisa, inmersos en su burbuja. En el móvil sigue sin haber nada. Y continúa sin saber qué hacer. Se repite que no es huir, que querer algo mejor es algo más que una huida hacia delante. Pero, en el fondo, desea que cuatro escuetas líneas en formato sms le digan lo contrario. Que es una cobarde, que las cosas no se arreglan así, que ya es hora de madurar. Pero no llega, y el último aviso es definitivo. Es ahora o nunca.


(Texto y foto por Trapi)

Escuchando: We are all animals - The Rakes

jueves, mayo 27, 2010

Zueco


La única vez que he salido al extranjero fue hace muchos años, cuando no era más que una niña. Fue a una ciudad del norte, y sé que estuve allí sólo por las fotos. En una de ellas estoy dentro de un enorme zueco amarillo con cara de agobio. En realidad, siempre he dado la impresión de estar agobiada, desde que era pequeña. Ahora también. S pone un dedo en mi entrecejo y me dice que ahí es donde reside el problema. Que es en ese punto donde se acumula todo ese sentimiento. Está muy en el centro, me dice, Va a ser difícil que consigas sacarlo de ahí alguna vez. Yo no he perdido la esperanza, pese a que mis cejas cada vez se pueblan más.


(Texto y foto por Trapi)

Escuchando: Julien - Placebo

miércoles, mayo 26, 2010

Cat


Me contó S el otro día un sueño que había tenido. Estaba meando en los baños de un pub y al salir allí estaba Cat Power esperando su turno. Me explicó que iba vestida totalmente con un traje de neopreno negro, como el que llevan los buzos, pero sin la capucha. Él cree que le quedaba muy bien, que le favorecía mucho. Ella le dijo Tienes ojos tristes, a lo que contestó enrojeciéndose hasta que las mejillas le ardieron. Después él dijo ¿Sabes tú que cada segundo se enamoran un millón de personas en el mundo?. Y ella Tú no has escuchado ninguna de mis canciones, ¿verdad? Y fin. Me explicó entonces que el dato era real, que lo había leído en una revista científica que compró una madrugada de jueves en una tienda de chinos. Yo le dije que me parecía exagerado, que esa cifra tenía que estar equivocada. A lo que contestó, con una mueca traviesa, ¿Sabes?, quien estaba equivocada era Cat, a mí me encanta The Greatest.


(Texto y foto por Trapi)

Escuchando: Unbalanced pieces - Soulsavers

martes, mayo 25, 2010

Futbolín


S está de acuerdo conmigo en que hablar de amor no tiene por qué ser algo de romanticones gilipollas. Él cree eso y también que hablar de fútbol no es de cazurros sin dos dedos de frente. Yo ahí tengo mis dudas. Las tardes que jugamos al futbolín, él dice que ese juego es una representación casi exacta de la vida, pero a escala. Es lo de siempre. Le dejo hablar mientras le goleo. Después se pone triste, muy triste. Tanto que parece que algo le va a explotar dentro. Es difícil porque no habla, parece como si lo fuera a echar todo a perder. Cada vez le dura más tiempo. Nunca he pasado tanto miedo. El corazón en la boca, lo llama él. Siempre está hablando de amor, y yo estoy segura que ése es el problema.


(Texto y foto por Trapi)

Escuchando: Hate - Cat Power

lunes, mayo 24, 2010

Paracaídas


Puede que la idea inicial no fuera esa, que se nos acabara yendo de las manos. Pero quién puede predecir esas cosas. Yo simplemente me lancé y dejé el paracaídas arriba. Y no lo eché de menos. Hay golpes y golpes. Es mentira que desde esa altura todos maten. Yo estoy viva, ¿no? Pues ya está. El otro día lo comentaba con S, y él también se ha caído muchas veces, pero con paracaídas. Y no es lo mismo. Dice que sí, pero no lo es. Lo dice para tratar de equilibrar la balanza. Él siempre ha tenido que ser el que más. El que más sufre, el que más llora, el que más ríe… Yo de personalidades sé un rato, y ésa es la suya. Sabiendo eso, se puede hablar con él sin ningún problema de raíces cuadradas o de por qué no podemos respirar debajo del agua. Él dice que no me dolió porque soy muy fuerte, pero yo sé que no fue por eso. Yo sé que hubo un colchón en el suelo. Y que lo puso él.


(Texto y foto por Trapi)

Escuchando: Soldier on - The Temper Trap

jueves, mayo 13, 2010

Números


A las seis de la tarde, como todos los días, Ana sale de su casa en el centro y se dispone a cumplir su tarea. Es simple: con una tiza de color verde va pintando por la acera cuatro números. No hay una distancia fija entre los lugares en los que se para a dejar su particular firma. Simplemente se deja llevar por su pulso. Después, cuando considera que la jornada ha terminado, vuelve sobre sus pasos observando cómo la gente saca a pasear su curiosidad. Le gusta ver cómo suman, restan, tararean los números en busca de un significado, de una razón que dé sentido a esas cifras. Piensa en las múltiples interpretaciones que hacen y eso le hace sentirse bien. La imaginación y la curiosidad podrían gobernar el mundo. Ella está segura de eso.

(Texto y foto por Trapi)

Escuchando: Lights - Interpol

miércoles, mayo 05, 2010

Knicks


El hermano de una de las pocas personas que conoce en la ciudad es el jefe de seguridad del Madison Square Garden, así que ve casi a pie de cancha todos los partidos que los Knicks juegan allí. Esa noche, después de ver la victoria de su nuevo equipo favorito, recorre de punta a punta la isla en el metro pensando en un documental que vio sobre como en Tokio, en la hora punta, la gente va al trabajo en metro como si fuera ganado. En las imágenes se podía ver cómo los últimos en entrar al vagón acaban con la cara empotrada contra el cristal al cerrarse las puertas, empañando el vidrio con su respiración. Aunque pudiera pensarse lo contrario, no todo el mundo parece agobiado. Pese a que hay personas que da la impresión que van a desfallecer de un momento a otro por la falta de aire, hay otras que consultan su móvil, leen un libro o toquetean su mp3 sin apenas espacio para despegar los brazos de la cintura, como si hubieran conseguido abandonar su cuerpo en ese enjambre de unidades sudorosas y elevar su espíritu hasta la superficie. La admiración que le generaron esas personas al otro lado del mundo es sólo comparable a la envidia que siente al ver a los jugadores sobre la cancha del Madison Square Garden.

(Texto y foto por Trapi)

Escuchando: Formentera - Niños Mutantes

lunes, mayo 03, 2010

Reinicio


Aquí no hay televisiones. Al menos en la zona donde yo vivo. Así que se mata el tiempo mirando el horizonte. No creo que los haya mejores en ninguna otra parte del mundo. Tampoco he comido pasteles tan buenos. Y sí, hace frío. Aquí esa palabra tiene otra dimensión, y eso me gusta. En general, en este sitio todas las palabras tienen otra dimensión. No es fácil de explicar, pero se siente. Cuando el horizonte se pone oscuro, entro en casa y veo películas de cine negro. Esa es mi vida aquí. Ni más ni menos.

He dejado de ser una persona normal. Me explico. Sí que soy normal pero no en el sentido de rebaño. Trabajo en mi pequeño huerto, visto la ropa que se me antoja en cada momento, organizo la vida que más me interesa y bebo vino cuando tengo ganas. Es una manera de resumir que ya no me tengo que embutir en mi traje de chaqueta a las ocho de la mañana, sumirme en un atasco apocalíptico durante una hora, dedicar otras ocho diarias de mi vida a una actividad que aborrezco y que me sume en el tedio más abominable, y llegar a casa con el sol sobre la espalda, pintado de gris y con la sonrisa al revés.

El día que se lo expliqué a Mona no lo entendió. Para ella los rebaños son sólo de ovejas. Así que me costó mucho hacerle entender cómo hace la pena para meterse en tus huesos e irse soldando a ellos un poco más cada atardecer. Creo que la imagen que se hizo en su cabeza fue tremendamente ajustada a la realidad. Ella vio zombis caminando en fila, arrastrando los pies y con la mirada fija en el suelo, atravesando caminos lúgubres de su casa a un enorme edificio de espejos. Ocho horas después, desandar el camino y encerrarse de nuevo en una mazmorra. Me pareció una adaptación brillante.

(Texto y foto por Trapi)

Escuchando: Please please please - Shout out loud

lunes, abril 26, 2010

Pragmatismo

Marcos se sienta como cada mañana ante su amplia mesa de despacho, dando la espalda a un gran mirador que domina la ciudad. Frente a él, una montaña de folios agrupados por ejemplares. Hace tiempo que esa imagen dejó de agobiarle. Antes sí lo hacía, cuando tenía que leerlos todos. Él, que odia leer. Así que ha ideado una forma mucho más inteligente y, a la vez, más justa de hacer su trabajo. Es un sistema, una ley, irrenunciable. Toda aquella novela cuyo primer capítulo tenga más de tres páginas no es digna de ser publicada. Así que el número acaba reduciéndose tan notablemente que a media mañana ya está en el bar de abajo tomándose un buen pincho de tortilla con su caña correspondiente.


Escuchando: Talk tonight - Oasis

miércoles, abril 14, 2010

Dientes de soledad

En realidad el andén no es muy distinto de todo lo demás. Quizás sea esa pintura gris, tan impersonal, tan fría. Pero la sensación es la misma que fuera, donde los altos edificios dominan el paisaje y los coches aúllan por las amplias avenidas. Y también en esos oscuros y cómodos cafés en los que el olor hipnotiza y anestesia. Ese agujero en el estómago, ese vértigo continuo. Sentirse extraño en cualquier lugar, sentirse solo. Llegar en busca de que la vida comience de nuevo a andar, pero darse cuenta que todo permanece detenido, que nada arranca. Ni un solo camino nuevo. Nada en lo que abandonar al fin la ansiedad. No aparece ninguno de aquellos escenarios que te dibujaron cuando la vida aún fluía. De modo que el tiempo es una línea continua, sin curvas, sin saltos. Todo está amortiguado. La ciudad te devora con sus dientes de soledad mientras el único remedio que te queda es seguir esperando lo inesperado.


Escuchando: Tunic - Sonic Youth

martes, marzo 30, 2010

Seguridad incierta

¿Recuerdas los días en los que corríamos por las calles? No había ataduras, ni futuro, sólo el cuarto de hora siguiente. En algún momento de aquellos días llegué a pensar que sí, que lo había conseguido, que tenía la fórmula. Y quizás tú también. Supuse que la seguridad es fruto del presente, del momento, que se atrapa y se apunta en una hoja de papel con tinta negra, que se lleva en el bolsillo para siempre como fruto de la conciencia de creerse vencedor. Pero al final siempre acaba lloviendo, diluviando, convirtiendo la tinta en ríos de de color noche imposibles de atrapar porque se escurren entre las manos. Seguridades licuadas por la percepción de que en realidad nada es nunca cierto.


Escuchando: Devil in the details - Placebo

jueves, marzo 25, 2010

Años

Antes nos lo pasábamos en grande con una simple rueda de metal y una vara para hacerla rodar. Ahora tienen todos esos cachivaches electrónicos con los que se tiran horas y horas… Su voz entonces se apagó por un momento, como soterrada por la certidumbre de que los años le pesaban en lo más profundo. Y no están contentos, dejó escapar en algo que más parecía un susurro que una frase. Entonces se irguió sobre el asiento y, con un gesto lleno de amor propio e impostada altanería, se secó la mejilla. No fuera a ser que su nieta le viera llorar.


Escuchando: Pace is the trick - Interpol

martes, marzo 09, 2010

Polvo

Cuando la tierra está seca –que es casi siempre- el polvo es el auténtico dueño. No hay hueco o rendija por el que no sea capaz de pasar, dejando todo cubierto de una fina capa incolora. Resulta difícil acostumbrarse a la idea de que tus pulmones se llenan de polvo a cada respiración y uno termina por estar casi todo el día agobiado, como mareado. Así que aquella tarde, esperando frente al motel en el parking desierto, cerré todas las entradas de aire e intenté respirar limpiamente en el interior de mi coche. El calor era insoportable, pero mejor que sentir el polvo en la garganta.

Acababan de dar las nueve de la noche cuando el sol se desplomó sobre las colinas con un ruido sordo. En la ventana ya brillaba una tenue luz. Pese a todas las precauciones, mi garganta ardía como las brasas. Di un trago a la botella de agua y ésta pasó por mi tráquea como si arrastrase con ella cientos de guijarros. Fuera del coche el viento había levantado cortinas de polvo transparente que ya comenzaban a posarse sobre la carrocería. Pensé que pronto tendría que dar los limpiaparabrisas para poder seguir viendo.

Quité la Biblia de encima de la pistola y rellené el cargador lentamente, disfrutando de la sensación una vez más. En los cristales se escuchaba un leve y continuo bombardeo, como si lloviera fino. Pero no era agua. La luz seguía encendida. Me acordé en ese momento de un perro que tenía en casa de mis padres. Era blanco y negro y no le gustaba el sol. Se pasaba todo el día metido en su caseta de madera y nadie era capaz de hacerlo salir. Cuando la oscuridad ganaba la batalla, comenzaba su jornada. Muchas noches, desvelado, le vi desde mi ventana enterrar las muñecas de la vecina.

La puerta se abrió y apareció el abrigo gris coronado por un elegante sombrero. Antes de bajarme del coche pensé que era una pena que, en cuestión de segundos, tan bonito ejemplar de ala ancha se fuera a ver arruinado por las manchas de sangre, barrido por el polvo enemigo. Quizás con un agujero.


Escuchando: El boxeador - Bunbury

lunes, febrero 22, 2010

Realidad

Que quede claro que dentro de muy poco tiempo, si es que no ha ocurrido ya, el circo mediático se irá a otra parte con su insoportable carga sensacionalista. Se irá y quedarán los trescientos mil cadáveres bien colocados a ambos lados de la calle. El foco se dirigirá a otro lugar menos incómodo, no vaya a ser que las lentejas sigan atragantándose durante mucho más tiempo a las tres de la tarde frente a la televisión. Porque, de ser así, habrá que empezar a poner otro canal en el que nos sirvan bien envuelta la realidad en paquetitos de regalo perfectamente manufacturados. Y eso sí que no. El negocio es el negocio, y si hay que reestructurar la realidad, se reestructura. Con las cámaras a otro lugar, a ser posible a una nueva catástrofe. El dolor es un valor seguro, siempre y cuando se sepa cuándo hay que parar. Porque saturar no es bueno, no vaya a ser que empiecen a ser incómodas esas imágenes tan desagradables de niños vagando por las aceras o gente matándose por un bocadillo. La realidad está muy bien pero a la hora de comer mejor me pones la Pasarela Cibeles.


Escuchando: Sweet disposition - The Temper Trap

lunes, febrero 15, 2010

Planes

¿Cuál era el plan maestro? Decía algo de perderse en la oscuridad, de doblar las esquinas hasta volverlas planas, ¿no es así? ¿Cuándo un plan ha funcionado? Yo no lo recuerdo. Hablaba de lluvia encharcando las calles, de edificios lavados hasta los cimientos, de calles desiertas esperando el milagro. Se escribió –creo- en una mecedora, mirando el agua caer al otro lado del cristal, frente a una chimenea. También incluía polaroids y cenas lentas, tardes de celuloide y solos de trompeta. ¿Pero cómo se organiza un plan? Estaba trazado a base de promesas, de citas trenzadas, de charlas organizadas geométricamente.

Pero falló, claro. Terminó como todos los demás. Como todos. Víctima de sí mismo, arruinado por su exceso de valentía. Tan ineficaz que a veces creo que realmente no existía.

En realidad, ¿cuándo ha existido un plan?


Escuchando: Serious - Richard Hawley

viernes, febrero 12, 2010

Autocompasión

Entristecerse no sirve de nada. Es sólo autocompasión. Lo dijo con tal desprecio que, por primera vez, supe que la distancia era insalvable. Mi primer pensamiento fue que había sido tan gratuito como lanzar una moneda al agua y esperar que algo cambie. Así que no dije nada y me quedé mirando cómo recorría las baldosas amarillas hacia la salida. Cuando la puerta se cerró, me vino a la mente la respuesta adecuada: de quien no me voy a compadecer es de ti.


Escuchando: Lisztomania - Phoenix

jueves, enero 14, 2010

Dependencia

La tristeza ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Muda, se ausenta, vuelve a aparecer, aprieta, ahoga, se relaja. Últimamente ha podido comprobar que ha decidido darle un descanso. Ni siquiera cuando apura las botellas de vodka aparece para agarrarle la garganta. Se vive bien pero, no hay que engañarse, la tristeza genera dependencia. Engancha de una forma extraña, como si uno necesitara hacerse un ovillo en un rincón para poder seguir adelante. Y él es presa de esa dependencia. Nunca la ha podido espantar y, en el fondo, sabe que nunca podrá hacerlo. Será su esclavo siempre, hasta cuando parezca que el momento es el adecuado, que todo marcha bien. Siempre estará escondida detrás de la columna esperando para dar su pequeña puntada. Así son las dependencias, traicioneras, testarudas, inteligentes.


Escuchando: You don't know love - Editors

jueves, diciembre 10, 2009

Rojo

El humo de su cigarro asciende hacia el techo después de juguetear entre sus rizos. No puede eliminar de su pensamiento ese vestido: rojo, entallado, palabra de honor. En él se concentra todo. Los momentos, las sensaciones, el vacío, la pérdida. Hace unas horas que, armada con todo el valor que la vida le ha permitido conservar, ha bajado los cuarenta y tres escalones y ha abierto la tapa del contenedor. En la acción, como pudo comprobar la atocinada vecina del primero, hubo una gran carga de dramatismo, de desgarro. Cuando la tapa volvió a su sitio, sepultando toda una historia vestida de rojo, la cotilla no lo pudo evitar, cortó una de las rosas que se erguían en su maceta y la dejó caer. El rojo también coronó el final del drama.

Ahora, en chándal y con unas Yumas del 89, devora chocolate con lágrimas frente al ventanal de su casa. No puede apartar la mirada de esa rosa sobre la acera. Aún intacta, reluciente entre pisadas de cientos de personas que ignoran lo que de verdad significa el rojo.


Escuchando: Supersonic - Oasis

miércoles, noviembre 11, 2009

Última bala

Por un momento parece elaborar sus palabras con meticulosidad mientras aprieta los labios. “Últimamente he pensado mucho en ti”.

El silencio es entonces una enorme tela de araña. Pegajoso. Él mira la cucharilla y entretiene el tiempo, que se hace eterno, dando vueltas a su tibio café. Ella mira a la calle a través del grueso vidrio mientras una manada de palabras se agolpan debajo de su paladar pidiendo paso. Calla.

“Es raro. Ha sido como cuando vas por una carretera y pasas por un lugar que te trae recuerdos bonitos”. Imposible fijar las pupilas. Mejor mirar los cuadros taurinos de las paredes. “Vaya, curiosa comparación. ¿Es un halago?”. Sus palabras salen sin pizca de resentimiento, al contrario de lo que ella quería.

Más silencio. La voz de un presentador televisivo, un café cortado, un par de avances en la vieja máquina, los vasos chocando al salir del lavavajillas, la gente hablando y hablando. Las manos de él golpeando las rodillas rítmicamente. En la calle alguien llama la atención de ella. Traje gris, corbata negra, pelo alborotado. Deja que su imaginación se dispare.

En su cabeza se escucha la última bala entrando en el cargador. “Me encantaría poder seguir visitando ese lugar”. Ahora sus pupilas son dos pistoleros armados, pero no encuentran el blanco deseado. Enfrente, descruza las piernas y desliza un billete sobre el mármol. “Llámame cuando quieras para tomar un café. Ahora, tengo que irme. He quedado”. La puerta se cierra tras dejar entrar una leve corriente de aire. Después, el casquillo hace una grieta en el suelo al caer.


Escuchando: Cuando estés en vena - Quique González

martes, noviembre 03, 2009

Polaroid

Sobre el pequeño mueble la televisión escupe imágenes del nuevo mesías a su llegada al edificio blanco. Un gran día para la humanidad, dicen. Pero no para mí, sin duda. Una tarde larga, polvorienta, por carreteras secundarias. Ni un alma. En realidad no importa si la curva gira a la derecha o a la izquierda. La habitación es un cuchitril sin ventilación. Las gotas de sudor resbalan por mi sien constantemente. Dudo por un instante que sea el calor. Después me pongo otro whisky. Una polaroid separa la página quince de la dieciséis. No sé si es casualidad o tiene algún significado. En la polaroid aparece un hombre y una mujer, abrazados. Una nausea se remueve en mi estómago. Bajo al parking iluminado por el neón rosa que anuncia otra vida. Abro el maletero y, tras escrutar esos ojos, arrojo dentro la polaroid. Le devuelvo el alma porque ya tengo su vida.


Escuchando: Munich - Editors

viernes, octubre 02, 2009

Doble rasero

Ray sigue sin entender muchas cosas. Claro que, como dirían sus viejos profesores, nunca ha sido demasiado espabilado. Le choca que haya mucha gente defendiendo a un hombre que violó con alevosía a una menor de edad hace 32 años. Se pregunta, no sin cierto aire dubitativo, cómo es posible que haya violadores buenos y violadores malos. Al fin y al cabo, agredir sexualmente debería ser lo mismo en Sebastopol que en Estados Unidos. Quizás el problema venga de otro sitio, piensa Ray, del lugar que ocupa cada uno en el universo social. Es decir, a lo mejor es que si un hombre de la cultura viola a una menor, eso no debe ser visto como un delito, sino como el fruto de una infancia desgraciada y dolorosa. Pero, al final de esta reflexión, a Ray le parece tremendamente injusto que a un violador corriente, digamos un panadero, se le quiera aplicar, y con razón, todo el peso posible de la ley y a otro, simplemente por dedicarse a otro oficio, no sólo no se le quiera aplicar la ley, sino que además se le defienda a capa y espada escudándose en las formas, en la procedencia de aquél que quiere hacer justicia.

Ray siente que algo se le escapa, que hay algún trasfondo que no ha captado y que, espera él, sirva para explicar que gente brillante, grandes personalidades de la cultura, defiendan a un hombre que violó a una niña de 13 años, que pongan ciertas razones por delante de la justicia. ¿Acaso la ley no es igual para todos?, más allá de la política, la religión, la nacionalidad. ¿No está la justicia por encima de absolutamente todo? A Ray las dudas le han vuelto a amargar el primer café de la mañana.


Escuchando: For what it's worth - Placebo

martes, septiembre 22, 2009

Revelación

Lleva 25 años creyendo que un buen día se le presentará la solución de la manera más tonta, cuando menos lo espere. Así ha sido desde que la vida se le comenzó a enfrentar en cada esquina, en cada remanso. Aparecerá de repente, se decía, y será tan sencillo que me dará vergüenza no haberlo descubierto antes. El secreto de cómo vivir, la fórmula de cómo encarar cada dentellada. Siempre confió en que, como al resto, tarde o temprano se le revelaría una solución práctica.

Aquella mañana se levanta pronto, como siempre, y prepara café. Mientras espera a que el vapor avise siente el frío del mármol en sus pies, como cada día. Sube uno encima del otro, alternativamente, intentando espantarlo. Echa de menos los gruesos calcetines de lana que estarán al pie de la cama, donde los dejó anoche. Como siempre. Entonces mira al frente y los blancos azulejos de la pared le devuelven la mirada. Lo que ve es una punzada. Directa, rápida. Se le congela la sangre. No se mueve. Es sólo un instante. Permanece de pie mirando el hierro negro de la cafetera. Negro. Se sirve el oscuro líquido en una taza y se sienta en la mesa pequeña que preside la minúscula cocina con la mirada perdida. Todo vuelve a circular. Sigue sintiendo frío en los pies, pero, por primera vez, no echa de menos sus gruesos calcetines.


Escuchando: Skyscraper - Julian Plenti

jueves, septiembre 03, 2009

Olor

Sobre todo recuerda el olor. El mismo cada mañana. Todas las mañanas. Un aroma que, por suerte, nunca ha vuelto a oler y que ahora sería incapaz de describir. Para él es el olor del miedo, del terror, del infierno. Acurrucado en su litera, viendo como el cielo comenzaba a clarear, trataba de serenarse como cuando era niño y tenía un nudo en el estómago: si contaba hasta diez sin oír un ruido, era que esta vez tampoco le tocaba a él. Siempre contó hasta diez. Mañana tras mañana vio desfilar a grupos de hombres arrastrando los pies, como sombras desnutridas, temblando, en cuyos ojos se podía ver el miedo; en algunos casos, algo peor, el alivio al saber que todo tocaba a su fin. Y, al cabo de un rato, de nuevo ese olor característico inundándolo todo con la complicidad del viento gélido. Entonces, un llanto ahogado lleno de culpabilidad por seguir en esa litera, por haber deseado que fueran otros los elegidos una mañana más. Las primera órdenes a gritos, las primeras amenazas, y a pensar otra vez en seguir vivo un día más, en volver a amanecer acurrucado deseando poder llegar otra vez hasta diez.


Escuchando: The rip - Portishead

lunes, agosto 24, 2009

Sumisos

Por fin el cielo es azul aquí después de días de espesas columnas de humo y polvo en suspensión. No durará mucho, todos lo sabemos, pero de momento se puede pasear con tranquilidad contemplando las oscuras bóvedas. Ayer, mientras permanecía encerrado en mi apartamento, desenterré del baúl de los recuerdos algunos cds olvidados. El antiguo sonido me condujo a sendas que hacía mucho que no recorría. Fue agradable. Hoy intentaré volver a correr el riesgo, la música es una forma peligrosa de romper las reglas. Hace un rato me he cruzado con uno de los vecinos que teníamos cuando vivía en casa de mis padres. Su aspecto era el de siempre, salvo su cara, cubierta por un manto de tristeza claramente perceptible. Me ha reconocido y en su mirada he visto sus deseos de pararse, de hablar conmigo, de recordar aquellos maravillosos atardeceres en la puerta de nuestro bloque, todos juntos. Pero ha podido más el miedo, el suyo y el mío. Ha agachado la cabeza y ha continuado su camino sin levantar la vista, sumiso, obediente. Yo también. Esta noche volverá a reinar el humo en la ciudad.


Escuchando: Battle for the sun - Placebo

lunes, agosto 10, 2009

Humo


Cogió todos sus recuerdos, los de las fotos y los de su interior, todos, y los arrojó junto a la pila de hojas secas. El humo, que en un principio pareció burlarse, terminó ascendiendo. Tanto que, mientras hundía las manos en los bolsillos de su chaqueta de lana negra, pensó que aquello se vería tan lejos como estuviera dispuesto a desear. Y lo deseó con todas sus fuerzas mientras disfrutaba del olor a vida quemada.



Esta foto y este texto son mi aportación al nuevo y fantástico proyecto de Eme. Lo podéis ver en esta página www.pulsepause.blogspot.com

martes, julio 21, 2009

Fuga

Dos destinos cruzados en el punto más remoto.

Se mira el dorso de las manos y las arrugas de los nudillos le revelan la realidad, como los círculos en el árbol talado. Pero es esa pequeña sombra la que no debería esta ahí. Es la ciudad la culpable, ahora no tiene ninguna duda. No permite los pequeños detalles, no los acepta. Y ya vale. Cuando echó los cierres de la maleta, una enorme piedra cayó sobre el parquet. Ahora sigue mirándose las manos y es consciente que llevará tiempo, pero ya de otra clase, sin agujas. Siempre soñó con una tierra verde, tupida hasta la misma orilla del mar, donde el viento sopla con acento desconocido y los colores pasan de los tópicos. Se ha convencido a sí misma –primer paso- de que las manías desparecerán, que ya no le horrorizará nunca más mirar las manecillas de los relojes ni a los vendedores de cupones. La culpa es de la ciudad, está claro. Ya se podrá pintar las uñas de los pies por primera vez. Eso es vida.

El tiempo soy yo, resbalando por las cañerías de la ciudad. Derritiéndome en cada esquina, en cada apartamento, en cada motel. No vivo en ella, soy parte de ella, de sus calles, de sus bares, de sus tiendas, de sus parques. Estoy en todos esos sitios y en ninguno porque me paseo sin dejar huella. Nunca la he dejado, y mis pies lo agradecen. Pero creo que ya sólo soy un saco de huesos que suena a cada paso como si se tratara de un instrumento de percusión. Mi músculo se ha secado. Siempre he sentido su embrujo. Pesado, asfixiante. Ya es hora de soltarlo, de mirar a sitios abiertos, de huir de su ambiente depresivo. Torres de ladrillo se derrumban; paso a las orillas lamidas por espuma blanca. Al final creo que alguien, aunque sea solo uno, me recordará.


Escuchando: Copenhague - Vetusta Morla

jueves, julio 16, 2009

Vértigo

Mientras camina por las abarrotadas calles piensa que es una verdadera tragedia tener vértigo en esta ciudad. Habría preferido ser celiaco, hemofílico o alérgico a los gatos, pero no sufrir de vértigo. Levanta la mirada de sus zapatos y ante él vuelve a abrirse el skyline de la ciudad, vibrante y colorista en esa primera hora de la noche. Los hay de todo tipo, de todas las alturas, siempre con una antena coronada por su luz roja rascando el cielo. Nunca ha podido disfrutarlos y nunca podrá. Maldice su fobia. Muchas madrugadas, mientras intenta conciliar el sueño, se imagina de noche en la última planta de alguno de ellos observando las majestuosas vistas de toda la ciudad. Miles de luces multicolores y objetos en movimiento; incontables cuadrados blancos salpicando el escenario y escondiendo todo tipo de vidas. Una maqueta a sus pies. Puro espectáculo a medio camino entre lo irreal y lo desconocido. Incluso imagina las sensaciones: el viento moviendo su pelo y agitando su abrigo, el olor a lluvia, el frío estimulador. Y entonces se siente aún más frustrado, sabiéndose condenado a vivir siempre abajo, a pie de calle, con las puertas cerradas a los placeres que se desgranan por los últimos pisos de esos gigantes forrados de cristales opacos. Allí, en las cumbres, se firman importantes negocios, se desvelan turbios secretos, se organizan fiestas exclusivas. Mientras tanto, debe conformarse con los cafés a pie de calle, con los bares de siempre, los que están a nivel de suelo, como mucho un par de ellos más arriba. Así que vuelve a mirarse los pies y decide que lo mejor sería abrir una alcantarilla y disfrutar de los encantos del subsuelo.


Escuchando: To lose my life - White Lies

miércoles, julio 08, 2009

Nocturna

Es ya medianoche y a través de la ventana no se ve ni un alma por la calle. El silencio es casi absoluto. Delante del ordenador intento dar forma a algo pero parece que esta noche va a ser imposible. Me pongo a revisar los mails recibidos y, haciendo limpieza, comienzo a retroceder en el tiempo. Días, meses, hasta años. Entre todos ellos me llama la atención uno que lleva escrito en el asunto Vuela, cometa. Lo abro y una pequeña ráfaga de aire ha llegado desde la calle.

Se trata de un mensaje de respuesta. Las líneas son una contestación a otras que envié yo y que aparecen debajo. Todas, en conjunto, son puro sentimiento, pura conexión. Entonces empiezo a recordar y me parece increíble que esas líneas pudieran ser escritas por dos personas casi desconocidas, que no se habían visto nunca, que sólo habían compartido algún que otro texto y alguna que otra foto. Eso me lleva a plantearme si en muchas ocasiones no lo condicionamos todo demasiado, si no buscamos que todo suceda bajo ciertas circunstancias determinadas, idealizadas por nosotros, en lugar de afrontarlo con la mente abierta, sin miedo. Supongo que la vida nos va construyendo una coraza. Me pregunto si será necesaria o no mientras apago el ordenador y doy por finalizado el día.


Escuchando: Killing for love - José González

viernes, julio 03, 2009

Deriva

Yo lo vi venir. Como se ve venir el final de algo sin poder hacer absolutamente nada por evitarlo. Al fin y al cabo era como intentar frenar las olas que lamen esta playa. Cuando la deriva comenzó, nadie lo esperaba. Ni siquiera yo. Y no es que quisiera dejar al margen a nadie, simplemente cuando comienza es imposible de parar. Arena que se escurre entre tus manos mientras intentas conservarla, pero no lo consigues y tus manos vacías te muestran con toda crudeza lo que tuviste, ya no tienes y jamás volverás a tener, a sentir. Recuerdo el momento exacto en que la realidad me secuestró, como si un interruptor hubiera sido encendido dando luz al tablero en el que yo iba a dejar de jugar. Sentado en la orilla, con los pies descalzos, un mar en calma se confundía con el horizonte a través de una línea tan geométrica que parecía un decorado de película. Como colgado de esa línea, intentando no caer, el sol decía adiós provocando que todo se tiñera de violeta. La playa estaba casi desierta a esas horas, pero a unos metros de mí, un niño construía un castillo con una concentración que no correspondía mucho con su edad. Al terminar, se levantó y lo derribó poniendo su pie encima, con una sonrisa en la cara. Cogió su cubo, su pala, y corrió hacia el paseo.


Escuchando: My plan - The Sunday Drivers

jueves, junio 18, 2009

El mal

Su calva empieza a poblarse de pequeñas gotitas. Yo sé que no es fruto de los nervios o de la preocupación, sino del calor asfixiante que reina en este pequeño cuarto sin ventilación. Al otro lado de la mesa, su sonrisa serena me pone enfermo. Llevamos ahí más de tres horas y no he conseguido absolutamente nada. Todos sabemos que estamos en lo cierto, pero eso no vale para nada. Le miro a los ojos con la firme intención de encontrar algo que me sirva de explicación, que me ayude a entender. Pero esa sonrisa me lo pone muy difícil. Me pregunto una y otra vez – como le he estado preguntando a él a lo largo de estas tres horas- cómo puede existir eso; se ha convertido en una obsesión desde que descubrimos el cuerpo. Resultaría lógico pensar que a estas alturas ya debería tener callo, que de tanto ver lo peor ya debería de haber adquirido alguna suerte de insensibilidad. Pero no es así, al menos en este momento.

Tienes una mujer preciosa que te quiere y un hijo que te idolatra; vives en un bonito barrio del norte de la ciudad, en una casa con dos plantas y un patio para que tu hijo pueda jugar; trabajas en una gran empresa en la que ocupas un puesto de responsabilidad y muy bien remunerado; eres un miembro respetado de la comunidad, con mucho amigos que te consideran un ejemplo, como cabeza de familia y como hombre; conduces un precioso Audi negro y te puedes permitir caprichos siempre que quieres; veraneas en la costa, donde tienes un apartamento en primera línea, con acceso a una playa privada.

No sé en qué instante he comenzado a perder el norte, a permitir que todo aquello me superara como si pudiera permitirme que pasara. Me he levantado con un torrente de sangre batiendo mis sienes y le he golpeado, fuerte, con el puño. Después le he levantado apretándole del cuello y entonces lo he visto en sus ojos por primera vez. Le he visto con claridad una noche hace menos de un mes, secuestrando, torturando, abusando y asesinando a esa inocente niña de nueve años. Lo he visto. Se lo han llevado de allí mientras yo vomitaba en una de las esquinas de esta sauna.


Escuchando: I don't know - Sexy Sadie

miércoles, junio 03, 2009

Imágenes

Está deslucida. Quizás el tiempo. La ventana abierta enseña una noche oscura, sin luna. Muebles dispersos, sin orden aparente. Recuerdo de una noche en la que se escapó un tren, y no precisamente de una estación. Ve lo que no hay, siente lo que no se ve. Imagen que guarda tanto significado que querría romperla, pero el material no admite arrepentimientos. Sólo se va desluciendo, poco a poco, tomando un color amarillento. La vida atrapada en un simple trozo de papel satinado.

Debajo, su altura es onírica. Esa luz rojiza partiendo las nubes por la mitad. Gigante acristalado con pies de barro. Siempre quiere hablar, pero nadie le escucha. Ignorado por miles de personas que rozan sus pies y acarician sus entrañas. El rojo sigue luciendo, fantasmagórico entre la niebla a esas horas de la madrugada. Tan arriba. Quizás fue lo primero que vio al llegar. Maleta en mano; corazón en la boca. Tan pequeño bajo él. No ha crecido desde entonces, al contrario que los tipos deshilachados que quieren habitar en su interior. Nunca lo conseguirán, como él, que sigue conformándose con mantener el corazón en la boca bajo su sombra.

No deja de llover nunca. Siempre que se asoma es así. Gotas golpeando la barandilla metálica. Sonido hipnótico, persistente, desesperante. No ha dejado de hacerlo. Nunca. La esperanza mojada hasta el tuétano. Dispuesto a olvidar, se siente siempre entorpecido por ese goteo constante de recuerdos acuosos. Las nubes se burlan porque lo saben. A cada sonrisa, un trueno; a cada mueca, una tormenta. Las maldice una y otra vez mientras ve a la gente pasear en manga corta, con sus esperanzas secas.

El estanque cada vez más desierto. Agua negra rodeada por una valla mohosa. Un par de patos desnutridos flotan sobre la viscosidad. Pero allí acude él, tarde tras tarde, arrastrando los pies, con el poco pan que consigue guardar. Se lo arroja a los patos, aún sabiendo que ellos hace tiempo que han dejado de comer. Frente a él, un par de niños vestidos de soldados se carcajean de la escena. Sobre el único árbol, ningún pájaro. Con el bastón intenta agitar el fango, provocar a los patos. No hay respuesta. El mundo en una foto fija.

En la fotografía está ella, pero distinta, con luz. Ahora todo está apagado en esa casa. Sombras deslizándose de esquina a esquina, acechando. Ni las vistas se parecen: donde había hierba y niños, ahora barro y yonquis. Todas las fotos salen veladas. Coloca altares sobre la encimera de la cocina. Polaroids rodeadas de velas de color negro junto a libros de Baudelaire. Rezos agónicos entre volutas de humo tóxico. Incluso ha pensado en el vudú. Y todo por haber puesto el dedo frente al objetivo en el peor momento.

Publicado en Magazine Siglo XXI


Escuchando: Wrong - Depeche Mode

lunes, mayo 25, 2009

Memoria

Si pudiera elegir, sería una fotografía, dijiste casi en un susurro. Aquel día yo ya sabía cuál era el futuro, así que no me pareció una idea tan descabellada. Serías una fotografía. Ahora, años después, lo eres. En algún sitio, quizás en ese libro de Hornby o en el cajón del mueble de la tele. En blanco y negro, en una calle del centro. No recuerdo el momento, pero sí el lugar, frente a aquel bar al que tanto solíamos ir porque ponían nuestra música. El resto apenas se dibuja en mi memoria. Quizás lo haga el día que, buscando algo, me tope con ella de nuevo y todo me parezca aún más extraño, más ajeno. Como si yo no hubiera enfocado y no hubiera apretado el botón. Como si yo no hubiera estado nunca allí, en esa calle, esa tarde, contigo, temblando. Quizás, en ese momento, llegue a la conclusión de que sólo se trata de una imagen recortada de una revista y conservada por azar.


Escuchando: Alive - Pearl Jam

miércoles, mayo 06, 2009

Suddenly

De pie, en mitad de la plaza, Pablo observa el cartel con una mezcla de melancolía y envidia. Este fin de semana tocan en el barrio. Levanta la vista y el sol le daña los ojos, tanto que necesita cerrarlos por un instante. Lo justo para que, desorientado, sienta un golpe seco en el brazo. Al abrirlos, frente a él, en el suelo, hay un niño tendido. A su lado una bicicleta a la que aún se le mueven las ruedas. A Pablo las fuerzas le abandonan y cae de rodillas muy cerca del niño, inerte sobre las gastadas baldosas. Un hilillo de sangre recorre su frente.

Sentados uno frente al otro, en el banco de siempre, en la plaza. César intenta retirar el mechón de la frente de Eva, como ha hecho siempre desde hace tanto tiempo que ni se acuerda. Sin embargo, esta vez no le deja y ladea su cabeza para esquivar su mano en un gesto inequívoco. Intenta encontrar sus ojos, pero ella los esconde mirando a un caniche blanco que ensucia con sus excrementos la estatua que domina la plaza. César toma aire y se dispone a lanzar los dardos que necesita la situación, pero un ruido metálico seguido de un golpe amortiguado le interrumpen.

Claire se levanta y cambia el CD. Ahora son Interpol quienes llenan el pequeño apartamento. Pone hielos en el vaso y se sirve otro vodka. Son las seis de la tarde. La mesa está llena de cartones de pizza, plásticos vacíos y ceniceros llenos de colillas. La luz se filtra con problemas a través de los listones de la persiana. Entonces un mal presentimiento se asoma a su cabeza como el reflejo de un arrepentimiento. Sube la persiana. En la plaza, un grupo de gente se arremolina formando un círculo. El vaso cae al suelo y se parte en mil pedazos. Por un instante, la voz de Paul Banks se convierte en una letanía.


Escuchando: Pedalpusher - Stereophonics

martes, abril 21, 2009

Flash

Aún era de noche cuando abrí los ojos. La habitación, en penumbra, se hallaba en un silencio absoluto que parecía no poder ser interrumpido por nada. Mi cabeza parecía moverse por dentro, como si miles de pájaros volaran en su interior. Me levanté y me dirigí hacia la puerta. Al abrirla, el mismo silencio. Ni un solo ruido procedente de las habitaciones que se dispersaban a izquierda y derecha. Me acodé en la barandilla y entonces te vi. Junto a la piscina, sentada en una silla de plástico, con una manta por encima de tus hombros. Tu mirada se perdía, como el humo de tu cigarro, en la superficie de la piscina. Agua negra, plagada de hojas y desperdicios abandonados allí por el crudo invierno. Fui a por la cámara de fotos y encuadre mis sueños. El fogonazo del flash te hizo girar la cabeza y entonces supe que había capturado tu alma.


Escuchando: The clock - Thom Yorke

lunes, abril 06, 2009

Recortes

Juan recuerda las nubes como manchas blancas espumosas. Hace mucho que no las ve, pero cuando cierra los ojos ahí están. En su celda no hay ventanas. Ni siquiera una de esas pequeñas en lo más alto del cubículo. Nada de luz, salvo la que da una bombilla desnuda durante un periodo de tiempo que el ha sido incapaz de calcular con exactitud. Porque para él todo es un continuo, no hay división entre noche y día, entre mañana y tarde. Así que espera su hora mientras se come las uñas. Es su única forma de medir el tiempo, el que tardan en crecerle. Ya lo han hecho tres veces. Debe de quedar poco.

Le gusta su vida de ahora. Más que la de antes, no hay duda. Se levanta bien pronto, se ducha, se viste y baja a la cafetería a desayunar. Después se dirige a pie a su trabajo. A la hora de comer, lo hace sola, siempre en el mismo bar. Por la tarde, al salir del trabajo, va al gimnasio. Regresa a casa antes del anochecer y escribe, lee, ve una película o escucha música. Esa es su rutina. Ahora, gracias a ella, se siente a salvo y mantiene a raya al miedo. Ése lobo que persiguió su carne durante un tiempo que a ella le gusta llamar muerto. Su vida es suya y de nadie más. Hace tiempo que no considera que compartir sea vivir.

Carlos encuentra en su buzón un catálogo de armas de fuego. No recuerdo haber pedido nada parecido, en gran parte porque nunca ha sentido ninguna inclinación hacia ese tema, que considera sólo del gusto de enfermos mentales o gente extremadamente peligrosa, que viene a ser lo mismo. Sin embargo, cuando se sienta en su sofá, con una cerveza en la mano, dispuesto a descansar, se deja llevar por la curiosidad y abre ese cuadernillo con una magnum del 45 ocupando toda la portada. Al mirar el reloj descubre que lleva más de una hora contemplando revólveres, escopetas, con y sin repetición, y alguna que otra metralleta. Tiene la sensación de llevar apenas un puñado de minutos, pero en realidad ha levantado la cabeza porque el sol casi se ha escondido y la oscuridad comienza a hacerse dueña del salón.

El lugar es oscuro y húmedo. Algo parecido a un garaje antiguo lleno de chatarra. Desde su posición, sentado en una de las esquinas más alejadas del portón de entrada, puede abarcar con la vista todo el vasto espacio. La hemorragia aún no le ha hecho perder el sentido, y él trata de presionarse con las fuerzas que le quedan, y con la ayuda de un pequeño trapo, la herida que le divide en dos el estómago. Por mucho que intenta pensar en su familia, sólo le viene a la cabeza la imagen de ese anuncio de helados. Ese en el que una chica joven, rubia, muy guapa, enseña un más que generoso escote mientras da un mordisco a un trozo de hielo rojo. Le parece una ironía que el color del helado sea el mismo que le encharca ahora las manos y discurre hacia sus piernas como un débil riachuelo de muerte.


Escuchando: The shock of the lightning- Oasis

lunes, marzo 30, 2009

Comparaciones

En el parque, al calor de los primeros rayos del sol primaveral, Ray se pregunta el porqué de que los linces ibéricos no sean también bautizados. A él siempre le había parecido que las comparaciones debían ser lo más justas posibles, pero, en realidad, qué lo era en la sociedad actual. Y es que igual que se compara a un rubicundo niño con un majestuoso ejemplar ibérico, se regalan espacios públicos históricos y zonas verdes a la Iglesia, o miembros de dicha organización usan su puesto para hacer política e influir en sus seguidores. Ray cada vez entendía menos el uso indiscriminado del llamado doble rasero dependiendo de los intereses de cada uno. Nunca había comprendido cómo alguien podía opinar algo y lo contrario a la vez según en qué situación, lugar o circunstancia. Y, sobre todo, a él siempre le había gustado ponerse en la piel de los demás antes de enjuiciarles por alguna decisión tomada. Uno no decide igual sobre algo cuando su vida se tambalea que cuando se está comiendo unas bravas en el bar, concluyó Ray antes de reiniciar el camino.


Escuchando: High and dry - Radiohead

miércoles, marzo 25, 2009

Indignos

Ahí están todos ellos con sus trajes negros. Panda de enterradores. Sonríen bobaliconamente desde sus tristes asientos mullidos, gruñen, se pelean como buitres, defienden palabras vacías y se marchan a comer con el dinero ajeno. Así son esa cuadrilla de hipócritas al frente de nuestro futuro. Tal ha sido la degradación de su estirpe que ahora no pasan de ser unos vulgares trileros. Corruptos, mentirosos, estafadores. Si Alcalá-Zamora o Azaña os pudieran dar una lección dejarían en evidencia vuestra falta de autoridad, vuestra escasez de recursos, de cultura, de inteligencia, de valor. La total ausencia de compromiso que demostráis no es más que un reflejo de la falta de escrúpulos que os caracteriza. Qué nostalgia de verdaderas ideas, de discursos rebosantes de contenido, de retórica inteligente, de humor fino, de revoluciones, de compromiso. Avaros y vendidos, el tiempo os colocará en vuestro sitio, eso si vuestras calamidades permiten que haya tal futuro. Valientes cobardes…


Escuchando: Wandering star - Portishead

jueves, marzo 12, 2009

Tres

Tumbado en la cama te veía colocar pósters por la habitación iluminada por el sol de agosto. Chincheta y martillo en mano, fuiste llenando las paredes: Sonic Youth, Joy Division, John Coltrane, Pink Floyd, Radiohead… Siempre me llamó la atención ese gusto tuyo por todo tipo de música. Soy muy heterogénea, me decías siempre con esa sonrisa tuya tan vertical. Aquella habitación quedó perfecta. Pasamos en ella casi todo el verano, a base de calimochos, patatas fritas y música, siempre música. A menudo pasaban por allí todo tipo de gente; amigos tuyos, amigos míos, vecinos. Por aquel entonces tenías entre ceja y ceja a un tipo mucho mayor que tú y que te hacía llorar en silencio mientras oíamos alguna canción de Cohen. Nunca me atreví a preguntar, cruzaba y descruzaba las piernas, esperaba a que te limpiaras con el dorso de tu mano las lágrimas. Después siempre actuabas como si no hubiera pasado, sonrisa en picado y a pinchar otro disco.

Sacar adelante la tienda era muy complicado. Aquellos jodidos pijos traidores preferían irse a comprar los nuevos putos cds a sus horribles centros comerciales. Ya no querían vinilos, les resultaba muy cansado levantar la aguja. Hay que joderse. Así que aquellos días fueron muy duros porque, en el fondo, yo sabía que mi sueño estaba colándose por el sumidero y yo no tenían ningún tapón a mi alcance. Sí, supongo que por eso no tenía tiempo para ella y siempre encontraba algo mejor que hacer, más útil. Pero no nos confundamos, los sentimientos estaban ahí. No me daba igual que me contara que pasaba las horas muertas con ese maricón niño de papá. Pero, qué puedo decir, tenía cosas más importantes en las que pensar. Era mi vida, mi sueño, lo que estaba en juego, joder.

Con él todo era distinto. Era otro mundo, era como haber encontrado a alguien que entendía lo que yo sentía, lo que me atrapaba. No me había ocurrido con nadie, con ningún de los chicos de mi edad con los que había salido. A su lado yo era completa. Pero las cosas se le empezaron a torcer con la tienda y, claro, comenzó a tener menos tiempo y nos veíamos cada vez menos y eso me destrozaba. Así que me refugiaba en Marc. Era un encanto de chico. Nos sentábamos y escuchábamos a Dylan mientras bebíamos. Aguantaba mis bajones y escuchaba mis problemas. Me escuchaba. Me daba compañía. Todo lo que necesitaba en esos momentos. Nos llevábamos bien, eso era todo. Usé a Marc alguna vez para intentar darle celos. Supongo que es algo que hacemos sin querer, nos sale de dentro, más aún en aquel momento en el que me hacía sentir tan lejos de él. Hablaba sobre Marc y nuestras tardes sentados en mi habitación. Las recuerdo con cariño.


Escuchando: Coast to coast - Elliott Smith

lunes, marzo 02, 2009

Las palabras sobran

Ella escribe con su dedo en el cristal cubierto de vaho “yo te enseñaré a ser feliz”. La frase adquiere una rotundidad inapelable en ese formato. Él se levanta, va hacia la barra y vuelve con un par de cervezas. Bebe más de la mitad de una de ellas de un trago y agacha la cabeza, como si estuviera concentrado buscando algo junto a sus pies. Le gusta hacer eso, actuar como si fuera el personaje de una película. Ella mira a través de la empañada ventana la llanura mojada por la lluvia, atravesada violentamente por una vena asfáltica. Con la manga de su bonito jersey amarillo –por lo menos una talla más grande que la suya- borra las palabras antes escritas dejando el vidrio transparente, lo que le permite ver la verdadera intensidad de esa llanura y su interminable herida. Le mira y no parpadea, durante segundos, tal vez un minuto. Pero no encuentra sus ojos, demasiado ocupados en seguir desarrollando su papel, el que se ha preparado para este drama. Escrito y dirigido por él. De nuevo la vista en la ventana. Un perro vagabundo, empapado, mordisquea una lata de refresco; dos hombres con enormes sombreros cambian la rueda de un coche herrumbroso bajo la fina lluvia; una mujer con una minifalda, bajo el pequeño tejado de un viejo cobertizo, contonea sus caderas mostrando su género caduco.

Comienza a sonar en la máquina de discos una canción de Pearl Jam cuando la cerveza se queda vacía. Ella no ha dejado de mirar a través de la ventana, comprobando cómo el vidrio volvía a empañarse, convirtiendo poco a poco a la llanura en una suerte de paisaje fantasmagórico. Pero ahora ya no habría podido ni escribir su propio nombre. La cafetera se escucha por encima de la música, por encima de todo. Ese chirrido estridente. Vuelve a levantarse a por cerveza a la barra. Allí, de pie, un hombre sorprendentemente pequeño devora un bocadillo mientras con el pie sigue el ritmo de la música. Le mira con ojos desafiantes y a él le viene a la mente una honda disparando una piedra. Al volver, ella ya no esta allí, sólo su jersey doblado sobre el asiento. El gesto de contrariedad quiere ser de Sean Penn, pero se queda en Jim Carrey. Se sienta de nuevo, da un largo y solemne sorbo a la botella y, con todo el dramatismo que puede acumular, escribe en la ventana empañada “es tan difícil saber ser feliz...”.

Publicado en Magazine Siglo XXI

Escuchando: Pesadilla en el parque de atracciones - Los Planetas

martes, febrero 17, 2009

Fe

Si el alma pesa veintiún gramos, ¿cuánto pesa mi fe?, se preguntaba Ray sentado en el puente, balanceando los pies en el vacío. Y no se refería a ningún tipo de fe relacionada con asuntos teológicos, ni mucho menos. Sino más bien a una fe en lo que le rodea, en lo más cercano, en el día a día, en el seguir confiando. Ya apenas recuerda cuando empezó a sentarse al sol y a decirse vamos, las rachas no son eternas, algo bueno está a la vuelta de la esquina, todo termina por enderezarse. A tener fe. Ahora se siente dando un paso al otro lado de la línea, pasándose al ateísmo. Cada vez sale menos ese sol que le invita a pasear por cualquier calle, solo, con un libro bajo el brazo, desenterrando esperanzas para continuar equis días más. Así que pasa los días en su pequeño escondite, lo que reduce sensiblemente su contacto con el exterior, con otras personas. Algo que, por otra parte, no le resulta ningún problema dada la pereza que le supone tratar de tender puentes. La incomunicación es la religión de este nuevo siglo. A Ray, en estos momentos, no le cabe ninguna duda.


Escuchando: I'm outta time - Oasis

jueves, febrero 05, 2009

Estupor

Ray ha dejado de comprender muchas cosas y otras tantas le provocan un miedo atroz. Así, se pone a temblar como una hoja cada vez que piensa en el paso del tiempo y en cómo éste va desgastando a sus seres queridos, los días de vendaval sale a la calle con piedras en los bolsillos y huye de cualquier gato que se encuentre en su camino. Así se ha vuelto su vida y, por mucho que él lo intente, así ha de seguir hasta el final de sus días. Todo lo que le rodea, lo que oye, lo que ve, le deja aturdido. Por ejemplo, no entiende cómo una sacrosanta institución llena de faltas y abusos se autoproclama reguladora del bien y del mal. Trata de asimilar el hecho de que se catalogue a los muertos como de primera y segunda dependiendo de lo que a su interesada creencia le convenga. Para él es hipocresía, pero a quién le importa la opinión que pueda tener. Tampoco comprende que sus actitudes sean tan diametralmente opuestas a ese libro que les guía y que les ha convertido en lo que son. Redundantemente hipócrita según él, pero qué va a decir alguien a quien los truenos le hacen esconderse bajo la mesa. Se queda boquiabierto cuando ve que intentan poner su moral por encima de la de los demás guiados por una luz que han hecho exclusivamente suya, ignorando la basura que ellos acogen en su interior, que en muchos casos abraza la criminalidad. Para él es la mayor incoherencia que ha conocido. Pero quizás sólo sea cuestión de su cabeza, que últimamente no funciona demasiado bien. De este modo pasa los días Ray, a medio camino entre el temor y el estupor, pensando que todo ha terminado por moverse demasiado rápido. Al menos para él.


Escuchando: A place called home - PJ Harvey

jueves, enero 29, 2009

Conciencia

Tumbado en la cama, la habitación en penumbra, forma con su cigarro aros de humo que ascienden hasta confundirse con la negrura. El silencio sólo es levemente roto por la respiración del cuerpo que duerme a su lado. Ahora tan extraño, tan ajeno. No se siente cómodo ahí, un cuarto que, de buenas a primeras, se ha tornado deprimente. Pero, en el fondo, él sabe que no es el lugar. No. Que lo que oprime sus sienes no es la ausencia de luz o el cuadro que a duras penas vislumbra en la pared, sino un sentimiento creciente y despiadado que comienza a rajarle el disfraz. La conciencia, más devastadora que nunca, de que es un traidor, de que todo aquello que elevó a la categoría de máxima yace ahora bajo sus pies, pisoteado. Apaga el cigarro y, al desparecer el pequeño punto rojo de su ascua, se sume en una tristeza total, incapaz no sólo de encontrar el camino, sino de ver alguno. Y todo porque ha abandonado el que trazó, se ha salido de él en pos de algo que sabe que es momentáneo y caprichoso. Egoísta. Algo que, además, le dejará sin brújula y, lo que es peor, vacío por dentro.


Escuchando: Down in the past - Mando Diao

jueves, enero 15, 2009

Mensajes

¿Qué dirían si supieran que sigo guardando todos aquellos mensajes tuyos en el móvil, y que de vez en cuando los repaso con el ansia del primer día? Pues es verdad, y también lo es que los contesto, más de una vez, aunque no los mande. Les cambio las palabras a los que sí envié, el sentido, haciendo que dejen de significar lo que significaron, convirtiéndolos en otra cosa. E imagino lo que hubiera pasado con estas nuevas letras en lugar de las que mandé. Porque una frase, una palabra, es un arma cargada, como decía aquél, y una vez disparada no tiene marcha atrás. Eso es algo que todos deberíamos tener en cuenta siempre. Y es que después sólo queda la oportunidad de fantasear y retorcer los recuerdos hasta el infinito, convirtiendo el pasado en un presente enfermizo.


Escuchando: Street spirit (Fade out) - Radiohead

lunes, enero 12, 2009

Adicción

Acurrucada contra un muro, la cabeza entre las piernas. Llora, siempre llora, porque la pena le atenaza una vez desaparecido el orgasmo inicial. Sombras que se deslizan desde una cuchara calentada a duras penas por un mugriento mechero. Pequeñas burbujas metálicas que se derraman en su interior descontándole vidas, sonrisas, abrazos. Siempre el arrepentimiento, la conciencia de la caída, el saberse incapaz de no volver a precipitarse al vacío. Y la certidumbre de que en unas horas volverá a enloquecer, regresará la obsesión por saciar ese ansia compulsiva. Pero en esos pocos minutos de lucidez, sentada en cualquier acera, de cualquier barrio, aterida de frío, en los huesos, recuerda cuando nada era así. Los momentos en que aún no le había jodido la vida a nadie, cuando su madre todavía no se había consumido en lágrimas y búsquedas desesperadas por toda la ciudad. Cuando aún le daban miedo las jeringuillas.


Escuchando: Más de una vez - Iván Ferreiro

jueves, diciembre 18, 2008

Tokyo

Le encanta sentarse en el banco del parque. A media tarde, cuando el sol comienza a ponerse perezoso. Allí cierra los ojos y se imagina que está en Tokyo. Con sus miles de luces de neón en todas las esquinas de la ciudad; con sus enormes pantallas de televisión en las fachadas de los gigantescos edificios. Y canta canciones en un karaoke desde el que se divisa toda la ciudad. Todas las imágenes son como viñetas de un manga, como si alguien las pintara para ella. Lo vive, aunque nunca haya estado allí. Al menos físicamente. Acodada en la barra de un minúsculo bar disecciona con la mirada a la gente. Tan distinta a ella. Tan distinta a todos. Y siempre es de noche. En su Tokyo el sol no se encuentra en la ciudad. La luz está conformada a base de grandes destellos luminosos, de faros de miles de coches, de carteles de clubs y tiendas de todo tipo. Y hay mucha gente. Personas que recorren la urbe formando auténticas riadas. Es una ciudad en ebullición. Sin freno. Colecciona misterio. Al final abre los ojos y todo se desvanece tan despacio que puede paladearlo un instante más. Guardar las sensaciones para poder recobrarlas al día siguiente, en el mismo banco, desde ese punto y seguido.


Escuchando: Cigarettes - Russian Red

jueves, diciembre 11, 2008

Desaparecidos

Ahora fuma un fortuna tras otro en el cómodo sillón de una residencia de primera, con todas sus necesidades cubiertas. Pasa las horas muertas, masticando un secreto ya duro como una piedra. Nunca lo hubiera imaginado, más aún después de cómo sucedieron las cosas. Pasar sus últimos momentos en libertad, lejos de las acusaciones y los insultos. Libre. Olvidado. Nunca tuvo duda de la importancia que su trabajo tenía, y lo llevó a cabo con entrega y dedicación. Nada de contemplaciones. En aquel trozo de terreno, en aquel caserón, lejos de la ciudad. Algunos le llamaban mano de hierro. No puede evitar que una sonrisa aún se dibuje en su rostro.

Por aquella precaria instalación pasaron personas de todas las edades. A todas se les dio el mismo trato. Hombres, mujeres. Primero la habitación. Eficaces métodos para desmoronar resistencias subversivas. Llantos, gritos, vómitos. Él sereno, amenazador, pitillo en mano, pie en tierra. Elementos inservibles y dañinos. Un muro frío, aislado, comido por las malas hierbas. Salpicado por miles de pequeños agujeros. Una ráfaga y fin de la historia. Después a la fosa. Una cerilla. Otra vez ese olor tan desagradable. Capaz de retar a la conciencia. La idea fue suya. Un cuerpo, un neumático. Perfecto.

En la sala, con un ventanal hacía el campo, más de treinta años después, se recrea una vez más en la idea de que la impunidad es el premio concedido a su impagable tarea. El tronco de la conciencia, tieso como antaño. Inasequible a los ataques y a los intentos de convertir todo aquello en un crimen. ¿Un crimen? Sólo hizo lo que debía. De vez en cuando, una pequeña luz de arrepentimiento: debió usar una forma más efectiva. Hacer desaparecer para siempre los huesos. “Sos un boludo”.


Escuchando: Human - The Killers

martes, diciembre 02, 2008

Septiembre

Me enteré de que M había desaparecido justo en el momento en que la segunda torre se venía abajo. Quizás por ese motivo lo recuerdo todo con una tremenda claridad. Las sensaciones. La incredulidad. Llamó J cuando el presentador del telediario era incapaz de transformar en palabras lo que estaba sucediendo. Después de colgar, el plato de macarrones continuó ahí, sobre la mesa. En la pantalla, una y otra vez, puntos negros cayendo desde las alturas acristaladas, como si fuera un juego de consola. Hacía calor. Supe que ya no vería más a M. Corazonadas. El teléfono sonaba sin parar. Imaginé más de una vez que podía pasar. La falta de aire es el peor enemigo de las almas libres. Las cifras comenzaban a aumentar. Desconcierto. Ahora la isla era una nube de polvo en mis pupilas. A M siempre le gustaron los helados y las noches de otoño. Aquella tarde tuve claro que se había ido como llegó. En los canales, sólo muerte y rabia; en la calle, sol y niños jugando. R y S vinieron a casa, hicieron preguntas, bebieron vino, se marcharon. Yo no hice nada. M era como una de esas torres. Ninguno le volveríamos a ver. Probablemente conoceríamos a más gente, intentaríamos encontrarle en otros flequillos, en otros vaqueros, en otra pose de músico atormentado. Entonces, la imagen de aquel avión estrellándose contra el coloso hecho de espejos. Tan irreal. Y después, por fin, las lágrimas.


Escuchando: This modern love - Bloc Party
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