jueves, marzo 12, 2009

Tres

Tumbado en la cama te veía colocar pósters por la habitación iluminada por el sol de agosto. Chincheta y martillo en mano, fuiste llenando las paredes: Sonic Youth, Joy Division, John Coltrane, Pink Floyd, Radiohead… Siempre me llamó la atención ese gusto tuyo por todo tipo de música. Soy muy heterogénea, me decías siempre con esa sonrisa tuya tan vertical. Aquella habitación quedó perfecta. Pasamos en ella casi todo el verano, a base de calimochos, patatas fritas y música, siempre música. A menudo pasaban por allí todo tipo de gente; amigos tuyos, amigos míos, vecinos. Por aquel entonces tenías entre ceja y ceja a un tipo mucho mayor que tú y que te hacía llorar en silencio mientras oíamos alguna canción de Cohen. Nunca me atreví a preguntar, cruzaba y descruzaba las piernas, esperaba a que te limpiaras con el dorso de tu mano las lágrimas. Después siempre actuabas como si no hubiera pasado, sonrisa en picado y a pinchar otro disco.

Sacar adelante la tienda era muy complicado. Aquellos jodidos pijos traidores preferían irse a comprar los nuevos putos cds a sus horribles centros comerciales. Ya no querían vinilos, les resultaba muy cansado levantar la aguja. Hay que joderse. Así que aquellos días fueron muy duros porque, en el fondo, yo sabía que mi sueño estaba colándose por el sumidero y yo no tenían ningún tapón a mi alcance. Sí, supongo que por eso no tenía tiempo para ella y siempre encontraba algo mejor que hacer, más útil. Pero no nos confundamos, los sentimientos estaban ahí. No me daba igual que me contara que pasaba las horas muertas con ese maricón niño de papá. Pero, qué puedo decir, tenía cosas más importantes en las que pensar. Era mi vida, mi sueño, lo que estaba en juego, joder.

Con él todo era distinto. Era otro mundo, era como haber encontrado a alguien que entendía lo que yo sentía, lo que me atrapaba. No me había ocurrido con nadie, con ningún de los chicos de mi edad con los que había salido. A su lado yo era completa. Pero las cosas se le empezaron a torcer con la tienda y, claro, comenzó a tener menos tiempo y nos veíamos cada vez menos y eso me destrozaba. Así que me refugiaba en Marc. Era un encanto de chico. Nos sentábamos y escuchábamos a Dylan mientras bebíamos. Aguantaba mis bajones y escuchaba mis problemas. Me escuchaba. Me daba compañía. Todo lo que necesitaba en esos momentos. Nos llevábamos bien, eso era todo. Usé a Marc alguna vez para intentar darle celos. Supongo que es algo que hacemos sin querer, nos sale de dentro, más aún en aquel momento en el que me hacía sentir tan lejos de él. Hablaba sobre Marc y nuestras tardes sentados en mi habitación. Las recuerdo con cariño.


Escuchando: Coast to coast - Elliott Smith

4 comentarios:

Someone exactly like you. dijo...

El verano de su vida

Borja F. Caamaño dijo...

Me ha evocado en cierto modo a Alta Fidelidad, esa gran obra de Nick Hornby, y la atmósfera de amor condenado que rodeaba a dicha novela. Un conjunto de recuerdos en torno al negocio que era el sueño del prota.

Un fuerte abrazo desde el Otro Lado.

claudia dijo...

Gran peli, si señor Borja. F. Camaño. Me recuerda a mi habitación, recién estrenado. Otros techos, otra luz. Otro olor. Otra compañia...

Anónimo dijo...

Siempre los mismos referentes, siempre los mismos puntos de fuga. ¿Serías capaz de escribir algo que no fuera agridulce, sino triste o alegre?

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