lunes, abril 06, 2009

Recortes

Juan recuerda las nubes como manchas blancas espumosas. Hace mucho que no las ve, pero cuando cierra los ojos ahí están. En su celda no hay ventanas. Ni siquiera una de esas pequeñas en lo más alto del cubículo. Nada de luz, salvo la que da una bombilla desnuda durante un periodo de tiempo que el ha sido incapaz de calcular con exactitud. Porque para él todo es un continuo, no hay división entre noche y día, entre mañana y tarde. Así que espera su hora mientras se come las uñas. Es su única forma de medir el tiempo, el que tardan en crecerle. Ya lo han hecho tres veces. Debe de quedar poco.

Le gusta su vida de ahora. Más que la de antes, no hay duda. Se levanta bien pronto, se ducha, se viste y baja a la cafetería a desayunar. Después se dirige a pie a su trabajo. A la hora de comer, lo hace sola, siempre en el mismo bar. Por la tarde, al salir del trabajo, va al gimnasio. Regresa a casa antes del anochecer y escribe, lee, ve una película o escucha música. Esa es su rutina. Ahora, gracias a ella, se siente a salvo y mantiene a raya al miedo. Ése lobo que persiguió su carne durante un tiempo que a ella le gusta llamar muerto. Su vida es suya y de nadie más. Hace tiempo que no considera que compartir sea vivir.

Carlos encuentra en su buzón un catálogo de armas de fuego. No recuerdo haber pedido nada parecido, en gran parte porque nunca ha sentido ninguna inclinación hacia ese tema, que considera sólo del gusto de enfermos mentales o gente extremadamente peligrosa, que viene a ser lo mismo. Sin embargo, cuando se sienta en su sofá, con una cerveza en la mano, dispuesto a descansar, se deja llevar por la curiosidad y abre ese cuadernillo con una magnum del 45 ocupando toda la portada. Al mirar el reloj descubre que lleva más de una hora contemplando revólveres, escopetas, con y sin repetición, y alguna que otra metralleta. Tiene la sensación de llevar apenas un puñado de minutos, pero en realidad ha levantado la cabeza porque el sol casi se ha escondido y la oscuridad comienza a hacerse dueña del salón.

El lugar es oscuro y húmedo. Algo parecido a un garaje antiguo lleno de chatarra. Desde su posición, sentado en una de las esquinas más alejadas del portón de entrada, puede abarcar con la vista todo el vasto espacio. La hemorragia aún no le ha hecho perder el sentido, y él trata de presionarse con las fuerzas que le quedan, y con la ayuda de un pequeño trapo, la herida que le divide en dos el estómago. Por mucho que intenta pensar en su familia, sólo le viene a la cabeza la imagen de ese anuncio de helados. Ese en el que una chica joven, rubia, muy guapa, enseña un más que generoso escote mientras da un mordisco a un trozo de hielo rojo. Le parece una ironía que el color del helado sea el mismo que le encharca ahora las manos y discurre hacia sus piernas como un débil riachuelo de muerte.


Escuchando: The shock of the lightning- Oasis

2 comentarios:

Mi vida sin mi dijo...

...recortes perfectos, exactos de pedacitos de vidas anónimas...
PD. Yo me siento como ella, liberada y feliz siendo dueña de mi propia vida ;)

Julia dijo...

buff! quecantidad de historias en tan breve espacio de tiempo. Increíble!

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