miércoles, abril 02, 2008

Instantaneas

(Foto: Roger Guaus)


Un parque lleno de niños jugando en atracciones metálicas, con abrigos fluorescentes y gorros de escalador. Todo bajo una luz intensa, como si el sol estuviera enfocando de manera especial ese cuadrado con suelo de arena, separado de una realidad lejana y violenta por barras verticales que antes eran color arco iris y ahora están ennegrecidas. En los bancos, fuera del recinto, las lánguidas madres leen revistas de esperpentos vestidos de princesas, prometiendo que nunca jamás dejarán escapar otro tren.

Una cocina pequeña, estrecha, con una claraboya que muestra el cielo nublado, gris, como en una fotografía en blanco y negro. Es el cielo de Praga y la mirada intenta atravesar el cristal y pasear por sitios que nunca ha visto y descubrir cosas que nunca verá y beber cerveza en bares oscuros e históricos. Pero no, sólo hay ese cubículo con muebles ajados, vasos y platos manchados y un lavadero que se ve mohoso pese a la falta de color del fotograma. Habrá que esperar para descubrir a Frank. Una vez más.

Y un pájaro muerto sobre la acera, encima de una pequeña y espesa mancha de sangre. A su alrededor pies vestidos con zapatos multicolores que lo esquivan. Un bosque de piernas que pasan observando la muerte alada, que en pocas horas será desahuciada de su trozo de ciudad por una pala metálica y herrumbrosa, junto a envoltorios y colillas de cigarros. Pero para entonces los pies calzarán ya suaves zapatillas de lana sobre alfombras mullidas, dentro de cajas de zapatos, tan idénticas como faltas de alma.

Sólo un vaso de plástico, aún con vino mezclado con cocacola, en la soledad del frío suelo de un apartamento céntrico. Un resto de una noche despreocupada y sin freno; diez horas de entrega y vicio dentro de treinta y ocho metros cuadrados con música envolvente. Dos cabezas dispuestas a triturar todo y no pensar en nada, al menos durante ese tiempo de aislamiento íntimo. Sólo dos cuerpos, dos sexos y el alcohol. Dulce paraíso en una isla en medio de la azarosa ciudad de neones sobre rascacielos de ojos rasgados. Tan hostil; tan ajena.

La cama revuelta, con sábanas marrones, en una habitación mínima y casi a oscuras. Alrededor, cajas selladas que guardan una vida y prometen otra distinta en un lugar desconocido. Ni un mueble, ni un alma, sólo cartón sujetando como un dique una realidad que se antoja difícil. En cada una, trazos azules que recuerdan los contenidos vitales aún por auscultar. Retazos de lo que fue, pudo haber sido y quizás pueda ser. Partes de un todo que no es indivisible sino un puzzle de lágrimas y sonrisas tristes.

Una foto a través de una ventana. Al otro lado, una calle cualquiera de una ciudad cualquiera. Coches aparcados en batería al lado de árboles cuyas copas llevan en guerra cientos de años. A un lado una cancha de baloncesto. Vacía. Donde antes había niños ahora hay mierdas de perro reblandecidas por la llovizna, que deja todo el escenario especialmente gris, especialmente desalentador. Al otro extremo, el centro de desintoxicación, rodeado de zombis erráticos que vagan entre la neblina sin ningún rumbo, salvo el que les marca su ansia artificial.



Escuchando: Roads - Portishead

viernes, marzo 28, 2008

A Dios rogando...

Acaba de terminar de decir a toda esa gente que se arrodilla a escucharle que amasar riqueza es uno de los principales pecados de la era moderna, algo que encamina directamente a la condenación eterna, rodeado de unos fuegos fatuos justos y faltos de compasión. Tras la extenuante diatriba y después de quitarse los ropajes adecuados para oficiar, el padre Steal abandona el recinto y se dirige a la enorme circunferencia que forma la plaza. Camina solemne sobre los adoquines, bajo un sol de justicia, con la cabeza alzada hacia el monumental edificio que se eleva ante él. La Basílica de San Pedro, una colosal construcción. Un niño pasa delante de él y se arrodilla para besar su mano. Este gesto, muy habitual por otra parte, le hace detenerse por un instante preso de una idea que acaba de atravesar su cerebro, de manera intempestiva, como si hubiera derribado todas las presas artificiales que el se ha encargado de construir durante años. Y si estuviéramos cayendo en los mismos errores que condenamos, se pregunta. ¿No estaremos, por ejemplo, amasando nosotros mismos una ingente cantidad de riquezas desde hace siglos? ¿Con todas las propiedades que poseemos y los lujos que tenemos, por ejemplo en este estado nuestro que dispone hasta de ejército propio, no podríamos dar de comer a la inmensa mayoría de la gente que muere de hambre? ¿No estaremos colaborando a la podredumbre de este mundo dedicándonos a sermonear mientras seguimos poniendo la mano y engordando nuestras arcas? ¿Tiene sentido señalar la pederastia como pecado mortal a la vez que ocultamos en nuestro seno a compañeros que han realizado este acto tan deleznable? ¿No habremos caído presos de la hipocresía haciendo lo contrario de lo que pedimos a nuestros fieles? En ese momento, un rayo de sol cayó de lleno sobre su magnífico anillo reflejando una luz morada que calentó su rostro. ¿Y quién soy yo para juzgarlo?, se dijo tranquilamente mientras reanudaba el paso santiguando a una pareja que, con mirada de adoración, le había dedicado una reverencia.


Escuchando: Oh Mandy - The Spinto Band

miércoles, marzo 26, 2008

Tiempo muerto

“Lo veo todo desde fuera, como si en realidad no fuese mío, no me perteneciese. Ni mi trabajo, ni mi casa, ni siquiera mi propia existencia diaria. Sólo hay algo que sí reconozco y contemplo: el paso inexorable del tiempo. Y ahí estriba la principal razón por la que no termino de ser yo, de disfrutar, más o menos, de lo que me rodea, de lo que soy. A cada minuto que pasa soy consciente de que han sido sesenta segundos más en los que me he dedicado a observar, a ver avanzar todo ante mis ojos sin involucrarme, sin participar. Los días pasan idénticos, como los fotogramas de una película virgen, sin que me dejen huella, sin que me traigan nada reseñable o que me cambie, sobre todo que me cambie. Ni un solo estímulo; ni un aliciente. Y cuando parece que el punto de fuga ha llegado, no es más que otro débil espejismo que apenas dura lo suficiente como para crear en mí una leve ilusión. Nada ni nadie logra darme ese necesario pescozón, más bien al contrario, sólo consiguen que la vida me parezca cada vez más ajena e intangible".


Escuchando: Angel - Massive Attack

lunes, marzo 17, 2008

Irreversible

Estaba triste, como siempre. De hecho, no la recordaba de otra manera. Sentada en el sillón de orejas leía un libro y se le podía notar. Él se quedó quieto, sin hacer ni un ruido. Ella no le había oído y seguía absorta en la lectura. Desde su atalaya, pudo observar su pelo liso, que caía sobre sus hombros con una delicadeza que conmovía, al menos a él, que sintió un escalofrío a la vez que algo se removía en su interior. Cada vez que pasaba una página, se humedecía los labios con la lengua, en un gesto que levantó en él unas ganas irrefrenables de ir hasta ella y abrazarla durante años. Pero no, se quedó en el mismo sitio, incapaz de moverse, contemplando aquella escena que le hubiera gustado poder capturar en algún soporte eterno.
Desde su posición, casi acechando, vio cómo una lágrima comenzó a surcar su mejilla sin que ella hiciera nada por detenerla. Pensó entonces que le hubiera encantado ser esa gota que durante unos segundos había tenido el enorme privilegio de rozar su piel, de acariciarla, antes de precipitarse al vacío mullido por la alfombra. Le hubiera encantado volver a poder ser capaz de hacerlo.
Entonces ella, como si su olfato hubiera detectado los sentimientos de él, giró la cabeza y lo encontró allí, en la penumbra, ahora acurrucado en un esquina, gimiendo. Se acercó y se agachó para abrazarlo, para sentarse junto a él y pasarle su brazo por encima. Para comprobar que en el fondo siempre se habían querido y que en realidad nunca podrían volver a quererse.


Escuchando: Brandenburg - Beirut

miércoles, marzo 12, 2008

Destino y decepción

¿Qué le quieres pedir a la vida?, le preguntó Ana, sentados los dos en aquel puente sobre la autopista, los pies colgando en el vacío. Él esperó a ver un coche rojo para contestar. Que pase muy rápido, respondió entonces. Así se quedaron durante un largo rato, viendo pasar aquellos caramelos de mil colores por debajo de ellos. Algún día dejarás de pensar así, no te habrás dado cuenta, pero entonces verás que todo es diferente. Las palabras de Ana se entremezclaron con el ruido del tráfico y sólo unos pequeños fragmentos llegaron a los oídos de él. Tampoco le importó mucho, no pensaba contestar a nada de lo que dijera. ¿No te das cuenta que llevaba toda la vida esperándote?, soltó, mirándola a los ojos, temblando. ¿Te haces una idea de la decepción? La última pregunta planeó sobre ellos y descendió lenta, como una pluma, al igual que la cabeza de él, que miró al río de peces metálicos para sentenciar: tú eras mi destino.


Escuchando: Every you and every me - Placebo

lunes, marzo 10, 2008

Consecuencias

Suena Climbing up the walls mientras Paula está tumbada boca abajo en su cama. En la mano, que pende casi inerte a un lado del colchón, un bote de ansiolíticos a medio acabar. Sus ojos están abiertos, pero no parece que enfoquen a nada. Simplemente están así, abiertos. A través de la ventana, la leve brisa primaveral agita las cortinas e impregna la habitación de un aroma a césped recién cortado. Al lado de la cama, encima de la mesilla, hay un sobre abierto y un papel arrugado, hecho una bola.

A cien kilómetros de distancia, Eric alcanza el clímax tumbado sobre los turgentes pechos de una sueca que acaba de conocer. Ni siquiera sabe cómo se llama. En realidad no le importa. Él tiene una filosofía clara y no entra en sus planes cambiarla, por muchos corazones que rompa. Se levanta y se dirige al baño a darse una ducha, dispuesto a marcharse sin despedirse de su última presa, que duerme profundamente. Justo antes de comenzar a enjabonarse, una imagen pasa por su mente, rápida pero muy vívida. Es la cara de Paula, llorando desconsoladamente, tan real como si en ese momento la tuviera delante. Eric agita su cabeza mojada para espantar la visión con tanta rabia que resbala y cae hacia atrás, golpeándose la nuca de forma mortal.


Escuchando: Comfortably numb - Pink Floyd

lunes, marzo 03, 2008

Despertar

Estoy en este sofá, tan cerca que casi nos rozamos. Pero yo me siento más lejos de ella que nunca. Es como cuando tratas de encajar en un grupo y sólo consigues sentirte ajeno a todos.
-“¿Sabes? Mañana voy a ir a ver las cortinas. Creo que el mejor tono para el salón es un marrón clarito porque va a juego con las paredes…”.
Yo la oigo, pero no la escucho. Mi mente está en otro sitio. En otros lugares. En aquel viaje a Cádiz en el que éramos capaces de flotar sobre la arena de la playa y las sábanas de aquella preciosa habitación de hotel. En mi corazón saliéndose del pecho.
-“Hoy en el trabajo, Mónica me ha dicho que las chicas vamos a ir de cena el viernes, a ese restaurante tan mono que hay en Serrano. Ése al que fuimos un día y nos encontramos a mi jefe…”.
Mi mirada se pierde en la fotografía sobre uno de los estantes de la librería, encuadrada en un horrible marco de plástico. En ella, los dos miramos a la cámara embobados, con una cara de felicidad inigualable. En el jardín de casa de mis padres. Durante uno de aquellos veranos del amor. Tú con aquel vestido rojo, precioso en contraste con tu piel morena.
-“…y Sara cree que le ha puesto los cuernos, pero yo le digo que no sea mal pensada. Que primero hable con él, no vaya a ser que meta la pata, y tú ya sabes cómo son estas cosas…”.
Me esfuerzo, realmente lo hago, por ubicarme y volver a conectar todos los cables que me unen a esta realidad, a esta mujer. Pero los enchufes ya no sirven. Es parecido a lo que ocurre cuando vas a Estados Unidos y no puedes conectar ningún aparato de los que te has llevado hasta allí en la maleta. Y siento la misma rabia que entonces, cuando acabábamos de llegar a Nueva York y mi cargador del portátil no valía y tú me abrazaste e hicimos el amor frente a aquel ventanal sobre la gran ciudad.
-“…y creo, sinceramente, que deberíamos mirar lo de cambiar nuestra cuenta a ese otro banco que sale en la tele, ése que da más rentabilidad y no te cobra nada por las tarjetas de crédito. Además, tienen muy buenas ofertas por si queremos pedir otro crédito algún día para comprarnos un coche más grande, por lo que pueda venir…”.
Ahora, mis pensamientos van de pregunta en pregunta. Qué hago yo en esta casa tan alejada de lo que yo había soñado siempre para mí; por qué hay un elefante de cristal en esa esquina; cuándo ha sido la última vez que he sonreído de verdad, desde dentro, con ganas; por qué estoy sentado junto a una extraña a la que no me apetece hablar ni mirar; ¿por qué es una extraña?
-“…cariño, es que no me estás haciendo ni caso. ¿Dónde estás?”.
-No lo sé. De verdad que no lo sé.


Publicado en Magazine Diario Siglo XXI


Escuchando: Jigsaw falling into place - Radiohead

jueves, febrero 28, 2008

Febrero

He llegado a la conclusión de que febrero se ha negado a dejarte. Así de sencillo. Algunos dirán que me engaño a mí mismo, que la única razón por la que no has venido es porque no quieres, porque te gusta jugar conmigo, ponerme la zanahoria e ir alejandola justo cuando estoy llegando. Pero yo no lo creo. Estoy convencido que ha sido febrero, cruel y malvado, el que ha evitado que vea tus ojos negros durante todos estos días bisiestos, tras otros muchos más sin contemplarlos. Fue él el que me tuvo esperando una hora en esa terraza del centro. Sentado, con aquella rosa en la mano, aguardando a verte doblar la esquina. Pero no lo hiciste porque febrero te agarró los tobillos y no te dejó salir de casa. Ni mucho menos fue porque tuvieras mejores planes o, simplemente, no te apeteciera verme. Y así el resto de veces, siempre ese segundón impidiendo que tú y yo fortaleciéramos nuestros lazos. Y no, no se confundan, no soy un crédulo, simplemente creo en ti, te tengo fe, por más febreros que se empeñen en lo contrario. Sé que algún día, en otro mes mucho más generoso y bueno, tú volverás.


Escuchando: Head home - Midlake

lunes, febrero 25, 2008

Se busca

Hace un tiempo que digo que sí sin pensarlo. Que avanzo arrastrando mi vida sin plantearme cómo podría aliviar el peso. Voy, vuelvo, voy, vuelvo. Y he dejado de pensar si aquello está bien o deja de estarlo. Simplemente, he decidido meter las manos en los bolsillos de mi abrigo largo, ajustarme el sombrero y dejarme llevar por las hostiles calles. Y no sé si este invierno con balas de fogueo durará una vida, o si por el contrario las hojas que vayan cayendo del calendario agitarán un viento frío y alentador que borre las bolas de espino que circulan ante mí. Mientras tanto, yo sigo rellenando su cargador con nuevos proyectiles que siempre acaban en mi pecho, por lo que, sí, reconozco que es una suerte de suicidio continuo. Pero, de momento, no se me ocurre una mejor manera de no pensar mientras se queman las horas. Con esas balas silbando a mi alrededor, tú no pasas de ser otro enemigo más al que ignorar o derribar. Ya sólo me detengo, muy de tarde en tarde, para colgar en alguna esquina un cartel con tu cara y un ‘wanted’ escrito con letras de vértigo.


Escuchando: Breathe - Depeche Mode

miércoles, febrero 20, 2008

Vertederos

Y será porque cuando llega a casa no estás tú. Ni nadie. O porque el día en que su garganta es un nudo, no hay nadie que lo desenrede. Tal vez sea porque cuando aparece el final de la semana sólo le espera el silencio y lo gris. El caso es que para él las horas son cubos de basura y los días vertederos idénticos, como clonados.
Así que imagina que dobla todo ese tiempo triste en pliegues muy pequeños y los esconde entre las páginas de sus libros favoritos, esperando que esas historias en las que quisiera estar limpien el basurero y cambien todos sus segundos. Mientras, seguirá viendo cómo la vida le absorbe toda su luz.


Escuchando: Carnaval y safari - Iván Ferreiro

jueves, febrero 14, 2008

Confesión

Yo no disparé. Lo prometo. Pero da igual. Ahora estoy aquí, encerrado entre estas cuatro paredes. En un cubículo con rejas oxidadas. Pero yo no lo hice. Tenéis que creerme. En la vida me hubiera comportado así. ¡Si no sé manejar una pistola! En mi vida he tenido una entre mis manos. Pero ellos sí lo creen. Han decidido cargarme el muerto. Y sólo creen lo que ellos quieren creer. Dicen que yo estaba allí, en aquel apartamento, esa noche. Y que disparé una pistola. Tres veces. Pero no es verdad. Yo no lo hice. Yo no estaba allí. No tengo testigos, pero tenéis que creerme. Yo no podría hacerle daño ni a una mosca. ¿Pero me habéis visto? ¿Creéis que yo podría disparar a alguien? Además a ella. Pero si yo la quiero. La quería. Cómo iba yo a matarla. Alguna vez me puse nervioso, sólo eso. Pero jamás la toqué un pelo, ni a ella ni a nadie. Bueno, un día se me fue un poco la mano. Pero eso ellos no lo saben. Y pese a todo han decidido cargarme las culpas. Lo han amañado todo para que me pudra en este agujero. Y me pegaron, me torturaron para que hablara. Me sentaron en una silla y me dieron todo tipo de golpes mientras me insultaban y me preguntaban a gritos. Pero yo no podía ayudarles. No podía contestar a sus preguntas. Porque yo no la maté. Pero no lo soportaba más. Me pusieron esas cosas en el pecho y sentí un dolor horrible cuando la electricidad atravesó mi cuerpo. Llegué a perder el juicio. Cuando de pequeño los curas me hablaban del infierno, yo siempre me imaginé algo parecido a lo que estaba viviendo. Yo sólo quería salir de esa habitación. Dejar de ver a esos cuatro hombres que me insultaban y me hacían sufrir. Así que lo dije. Tuve que decirlo. Me obligaron. Confesé.


Escuchando: Magenta - Bushido

martes, febrero 12, 2008

Moldes

Yo te habría escrito mil versos más. Habría ideado rimas y ritmos para ofrecértelos cada mañana, cuando tu pelo aún se enredaba en mi pecho. Una paseo por la Gran Vía al caer el sol aparece ahora en mi memoria, vívido y real, como si estuviera volviendo a echar esa moneda a aquel chico que tocaba el saxo como nadie. Y también está tu sonrisa, tu abrigo largo y negro como una noche de agosto. Y aquellos días en los que yo me podía comer el mundo por los pies porque tú estabas allí, a mi lado, en la plaza, al sol, con una cerveza y nada más. No hacía falta nada más. Quizás sólo un libro y aquel disco de Leonard Cohen. Insufrible es el vacío ahora cuando compruebo que todo eso no es más que pasado hecho jirones imposibles de coser. Y que tú llenarás los días y las tardes de otro que disfrutará como yo lo hacía entonces, como no lo volveré a hacer. Porque la evidencia de que contigo rompí el molde no admite discusión. Por ello paso los días invadido por la idea de que es una perdida de tiempo seguir buscando otros moldes, porque no sostendrían la comparación. Y sé que no se puede vivir comparando, pero qué se puede hacer cuando la realidad se presenta de una forma tan clara y dolorosa. Cuando te quita vendas y te abre los ojos para siempre. Sólo admitir la realidad y dejar de creer que, queramos o no, la vida sigue adelante con mil opciones abiertas.


Escuchando: Passive aggressive - Placebo

martes, febrero 05, 2008

Amigo alado

Siempre que aparcaba el coche en aquel polvoriento descampado lo veía allí, sobre la letra H de hotel. Meciéndose adelante y atrás, con sus alas plegadas y el pico entreabierto. En un principio, su presencia me estremecía, como si fuera el mensajero de algo oscuro como sus plumas. Sin embargo, conforme fui fijando mi residencia en aquel gris y lúgubre agujero me acostumbré a verlo allí, inmutable. Curiosamente, su emplazamiento coincidía en altura con mi habitación. Si me asomaba a la ventana podía verle un poco más arriba, algo que los primeros días me turbó –e incluso me aterrorizó- pero que después se hizo imprescindible. Todas las tardes, al llegar de trabajar, me asomaba y me pasaba largos ratos hablando con él, contándole mi vida, agradeciendo tener un oído en el que volcar toda mi amargura. Cuando por la noche agitaba las alas, cosa que ocurría pocas veces, su sombra salpicaba la habitación de todo tipo de imágenes imposibles y desconcertantes. Con el tiempo, llegué a asociar esto con la tranquilidad. Él ya era parte de mi rutina, de mi vida. De una manera incomprensible le sentía como algo muy cercano.
Pero aquella infausta tarde, no estaba allí. La H aparecía vacía, sin duda extraña sin el elemento alado sobre ella. Miré hacía el cielo color plomo, buscando desesperadamente algún rastro de su presencia. Quizás unas alas negras en el horizonte. Nada. Así que, con el ánimo bastante afligido, me dirigí hacia el interior, no sin lanzar otra mirada al letrero que obtuvo el mismo resultado.
Entré en mi habitación. Oscura y vacía como siempre. Todavía con la extraña desaparición dando vueltas en mi cabeza me tumbé en la cama y decidí abrir un libro para espantar mis pensamientos. Uno de Vila-Matas. Me duró poco en las manos, ya que al ir a poner la almohada en la posición correcta, descubrí que bajo ella yacía mi alado amigo. Alguien le había abierto en canal, desde el cuello hasta la cola, y le había vaciado por dentro. En su interior había un papel ensangrentado en el que, a duras penas, pude leer: “El próximo serás tú”.


Escuchando: Wake up - Arcade Fire

viernes, febrero 01, 2008

Exposición

La sala no es muy grande. De paredes blancas y módulos separados, como marca la norma. A lo largo de ellas hay cuadros colgados. No más de tres por muro. Muy separados unos de otros. El ambiente es de un frío muy estudiado, a lo que ayuda mucho que los marcos sean del mismo blanco que la pared. El interior del cuadro ejerce de contraste. Ella pasea por la sala con su vaporoso vestido de flores. Un homenaje al verano. Camina a pasos lentos y delicados, como si flotara sobre el bruñido suelo. Sus sandalias de cuero lo acarician. Se detiene delante de todos y cada uno de los cuadros. Los estudia con mucha atención, torciendo su chata nariz cuando echa la cabeza hacia delante para no perder ni un detalle. En determinado momento se detiene más tiempo del que acostumbra delante de un cuadro, como si algo la hubiera fijado al suelo y no pudiera moverse. Es la fotografía del primer plano de un niño africano, rodeado de moscas, pero con una sonrisa absoluta, sin ningún tipo de concesión a la tristeza. Su rostro ilumina todo el blanco que le rodea. Los ojos de ella se clavan en los del niño durante un par de largos minutos, al cabo de los cuales, frunce el ceño, baja la cabeza y sale del recinto arrastrando los pies, con la espalda casi encorvada, como si sostuviera un peso que no es suyo.

Escuchando: Space between bodies - We are Balboa

miércoles, enero 30, 2008

Aviones de papel

“No funcionó”. Ella me lo había dejado pegado en la puerta del frigorífico, escrito en uno de esos papelitos amarillos y cuadrados. Lo despegué de allí, cogí una cerveza y me senté en el sofá. Empecé por mero aburrimiento. Arranqué una hoja del cuaderno azul, escribí “no funcionó” y fabriqué un avión. Al cabo de una hora tenía todo un escuadrón de aviones fracasados. Así que abrí la ventana y comencé a lanzarlos. Poco a poco el cielo se cubrió de pequeños objetos blancos que planeaban en todas direcciones. La mayoría perdió altura rápidamente tras un vuelo torpe, salvo uno que planeó y planeó, directo y con rumbo fijo, hasta que lo perdí de vista.

Escuchando: New born - Muse

lunes, enero 28, 2008

En línea

Estás al otro lado de la línea. Lo sé. Oigo tu respiración. Entrecortada, como siempre. Sé lo que estás pensando y también lo que quieres decir y no te atreves. Aprieto el auricular contra mi oído, intentando percibir algún sonido que me dé alguna pista. Pero no se oye nada. Sólo tu respiración, cada vez lindando más con el llanto. Los dos permanecemos en silencio, como manda nuestro ritual. Durante minutos. Largos como siglos. Al final, lo de siempre. Las lágrimas inundan la línea telefónica y, después, los tonos que marcan el final de la llamada. Yo me quedo sentado, aún con el auricular en la mano, durante unos minutos. Después cuelgo y calculo cuándo volverás a llamar, en qué momento escenificarás de nuevo esta pantomima. Cuándo darás un paso más en tu decisión de convertir la incomunicación en tu forma de vida.

Escuchando: Smokers outside the hospital doors - Editors

lunes, enero 21, 2008

Involución

"Cuando te conocí, yo escuchaba a Radiohead. Ahora, una vez separados, y tras compartir mi vida contigo durante cinco años, escucho a La Oreja de Van Gogh".
-Anónimo-


Escuchando: An honest mistake - The Bravery

lunes, enero 14, 2008

Nostalgia puntual

Esta noche, al acabar, me he dado cuenta de que ya no toco las viejas canciones. Y, mientras terminaba la botella de whisky en el camerino, me he preguntado por qué. No ha sido precisamente la lucidez del alcohol la que me ha dado la respuesta, sino una terrible punzada del recuerdo que te ha presentado delante de mí como una aparición. Me ha parecido mentira el tiempo que ha pasado desde entonces, de aquellos días en que yo me subía a pequeños escenarios para dedicarte las canciones que había escrito en tu regazo, metidos en esa cama que crujía como los escalones de aquella buhardilla. Simplemente esos acordes y esas palabras, que habían sido pura vida, se habían ido evaporando como tú. He sentido entonces una nostalgia terrible que me ha hecho agachar la cabeza para ocultar las lágrimas al resto. He querido abrazarte, como entonces, y me he dicho que mañana, en otra ciudad, bajo otro cielo, voy a rescatar algunas de aquellas canciones, algunas de aquellas letras que tanto supusieron y que quiero rescatar del olvido más absoluto. Y sé que tu no vas a leer esto, igual que sé que tú piensas que no te dedico ni un segundo de mi tiempo. No te culpo. Fui un cabrón y ahora no hay día que no me arrepienta de todo aquello. Así que te lo debo. Voy a tocar esas canciones. Lo haré mañana, o quizás la semana que viene, si los chicos las recuerdan. Sino un poco más adelante. Te lo debo, y lo haré. Debo tener por ahí las partituras. En algún sitio, en algún cajón. O en el estudio, no sé. Pero seguro que están en algún lugar. Tienen que estar. Estoy convencido. Ahora voy a seguir con el alcohol. Espero acordarme mañana…

Escuchando: Los olvidados - Sidonie

miércoles, diciembre 05, 2007

Global

Michael está sentado en su escritorio, enfrente de la ventana. A través de ella ve la calle, una como cualquier otra de las que forman ese puzzle de edificios llamado Manhattan. Michael está trabajando en esos momentos en un ensayo sobre la incomunicación, acerca de la frialdad de las relaciones en nuestra sociedad. De cómo cuarenta personas viven en el mismo edificio que él, pero no conoce sus nombres, ni siquiera ha cruzado un saludo con ninguno de ellos, ni ellos con él, pese a que se encuentran en esa angosta escalera todas las mañanas. Todos los días. Y ese pequeño pelirrojo. De quién es hijo, quién le viste de esa manera tan estrafalaria. Y el viejo que camina en polainas por la acera, de arriba abajo, una y otra vez, sin descanso, de dónde ha salido, por qué nadie le dice que se calce unos buenos zapatos contra el frío. Michael vuelve a la escritura, mientras, el pelirrojo bota su balón de baloncesto y Manhattan se agita como un monstruo tumbado boca arriba.

Punto y aparte. Dirk está sentado en un banco del Puerto Olímpico. Agradece ese sol mediterráneo en pleno diciembre. El olor a salitre le despierta los pulmones. Sobre las rodillas, Dirk sostiene un cuaderno en el que toma anotaciones. Barcelona es como todas, piensa, y sigue recogiendo apuntes sobre el relato –quisiera que fuera novela- que va a escribir sobre un chico recién llegado a una ciudad desconocida para él y cómo le cuesta relacionarse con la gente, que no deja de verle como un extranjero. En realidad siempre se ha sentido de esa forma. Barcelona también es así, se repite. Una señora, ataviada con un abrigo de visón, deja caer un par de monedas junto a sus pies con gesto desprendido. Barcelona también es así. Sí que lo es.

Un café con leche, pide Boris –en alemán claro, que pare eso está en Berlín- mientras hojea el diario. En la mesa de enfrente, una morena muy atractiva le mira a intervalos regulares. Boris se turba, nota como el calor va conquistando sus mejillas. Ella se recrea en la situación. Se divierte viendo como él está rojo y en la calle los termómetros no suben de diez bajo cero. Así permanecen un largo rato, apenas separados por unos metros, sintiendo una atracción que casi se vuelve material. Al cabo de unos diez minutos, Boris se levanta y paga en la barra. Al ir hacia la puerta pasa junto a ella. Sus miradas se chocan, literalmente, y en su estómago se produce un cataclismo de consecuencias incalculables. Él roza ligeramente su brazo con la mano al pasar. Ella gira la cabeza, levemente. Se abre la puerta. Frío. Se vuelve a cerrar.

Sus ojos rasgados se reflejan en la pantalla de su portátil de última generación. Está viendo fotos de Manhattan. De sus bocas de riego, sus taxis amarillos y de sus rascacielos, siempre sus rascacielos, aunque ahora haya dos menos. Hiroshi sabe que va a ir allí. A escribir. Sabe que no hay nada como Tokio para experimentar el vacío y la soledad. Pero se le ha quedado pequeño. Él quiere sentirse solo de verdad. En un sitio desconocido, quizás inhóspito. Y escribir desde ese prisma su mejor texto. Un texto sobre la individualidad del espíritu. Quizás sobre el egoísmo y la soledad. En Manhattan uno es una aguja en un pajar tan grande como cien mil campos de fútbol. Y él quiere eso, ser una de esas millones de agujas que, en realidad, no buscan ser encontradas. Estar siempre en fuera de juego.

El apartamento es grande. Demasiado para nosotros, se había cansado de decirle desde que decidieron comprarlo. A ella siempre le había parecido un exceso. Pero él sólo quería ver desde su ventanal la cúpula de la galería, las palomas de la plaza del Duomo. Ahora, ese tamaño se ha convertido, en gran medida, en una tabla de salvación. Ella ya no le tolera. No es que haya desaparecido la atracción o el deseo, no es que el cariño se haya volatilizado, es que le repugna. Y en virtud de ese sentimiento, ella se siente con todo el derecho a esconderse en aquella casa endiabladamente grande. Y él no la encuentra, por más que la busque, porque ella se cuida muy mucho de que así sea. Se conoce el laberinto de memoria. Sus esquinas, sus puertas y ventanas, las trampillas. No quiere verle la cara, no quiere oírle, y para eso le basta con esas habitaciones estrechas y largas, con esos pasillos enrevesados pintados de un blanco puro. Ella se funde con la casa. Esas paredes se la tragan, la engullen cada vez que ella lo necesita. Nunca le ve, y viven juntos, bajo el mismo techo abovedado. Podría buscarla años, que nunca la encontraría. Milán no es una ciudad, es una casa con mil puertas secretas.


Escuchando: A un metro de distancia - Deluxe

viernes, noviembre 30, 2007

Encrucijada

Gorka llegó en su flamante Audi negro, a las siete y veintisiete de la mañana, como todos los días. Para él era básico el lema de que un dueño tiene que dar ejemplo a sus empleados. Aparcó en su plaza reservada y ascendió hacia el piso de las oficinas por la escalera exterior, protegiéndose de la pertinaz lluvia con su elegante paraguas. Una vez dentro, en la pasarela, se asomó a la barandilla y comprobó cómo todos los trabajadores comenzaban a ocupar sus puestos. Sólo entonces entró en su despacho, resuelto y satisfecho, y se quitó el abrigo antes de acomodarse en su mullida silla de escritorio. Al momento entró Nekane, su lozana y simpática secretaria, que le dejó sobre la mesa la correspondencia, los periódicos del día y un café solo humeante, no sin antes dedicarle a su jefe una sonrisa arrebatadora.
Gorka acomodó su espalda en el suave cuero, puso los pies encima del escritorio y se preparó para abrir todos aquellos sobres. Empuñando el abrecartas con forma de espada toledana, comenzó por varias facturas, invitaciones y algún que otro curriculum que lanzó enseguida a la papelera con el acierto de un jugador de la NBA. Llegó al último sobre y al cogerlo, sin saber por qué, un escalofrío le hizo revolverse en su asiento. No tenía remitente y no era blanco, sino de un gris poco corriente. Gorka dudó un momento, dirigió la mano hacia el teléfono para llamar a la secretaria, pero finalmente se decidió a abrirlo. Dentro había un único folio doblado. Lo desplegó y al posar la vista en él su cara se volvió blanca como la leche.
Sólo había leído el encabezamiento, que estaba formado por un hacha en la que se enroscaba una serpiente y, debajo, tres letras mayúsculas, pero le sirvió para hacerse una idea de la trascendencia de esa misiva. Se levantó de la silla con los nervios a flor de piel, incapaz de serenarse. Durante años la había temido y, cuando ya se creía olvidado, ahí estaba. Como un tigre enjaulado, comenzó a dar vueltas y vueltas al despacho. Entrelazando sus manos sudorosas. Su cabeza centrifugaba ideas de todo tipo, imágenes que de improviso asaltaron su mente. Pensó en las conversaciones que habían surgido en muchas momentos sobre la mesa de algún restaurante junto a empresarios como él, y cómo los había observado en cada ocasión con una mirada inquisidora. Siempre se sintió a salvo. Pero ahora era él el que temía, el que estaba en la encrucijada, apretándose una mano contra la otra, haciendo cada vez más pequeña la estancia a grandes y nerviosas zancadas. De repente quedó paralizado ante una idea que llegó como un fogonazo y quedó flotando en su mente durante unos segundos, antes de que se lanzara hacia la puerta.
Aparcó frente a su chalet. Entró en silencio, con el corazón en un puño. Se le cayeron las llaves al intentar dejarlas en el plato del recibidor. No se oía ni un ruido, sólo el sonido de la lluvia contra los cristales. Las sienes le latían desbocadas. Se asomó al salón. Nada. Miró en la cocina. Tampoco. Subió las escalera sudando a mares, agarrándose fuerte al pasamanos, conteniendo apenas la respiración. La planta de arriba estaba también sumida en el silencio. Ni un alma en la alcoba de matrimonio. Continuó hacia la habitación de su hijo y al asomarse vio que él y su esposa estaban tumbados sobre la cama, con un libro de cuentos abierto entre ambos, profundamente dormidos. Se apoyó en el quicio de la puerta y comenzó a llorar como un niño.
Cuando consiguió serenarse un poco fue al armario y cogió una manta. Aquella lana suave, rugosa, le apaciguó un poco más. La extendió encima de su familia, con cuidado, abrigándoles. Besó sus mejillas. Después retrocedió hasta la puerta, a pequeños pasos, y al llegar a ella cerró los ojos y se concentró con todas sus fuerzas para conseguir grabar a fuego esa imagen en su memoria.
De vuelta en el aparcamiento de la empresa, Gorka permaneció largo tiempo sentado en el coche, desmadejado e incapaz de dejar de fumar un fortuna tras otro, atenazado por unos nervios y un miedo que muchas veces había visto en otras personas, algunos conocidos suyos, cercanos, pero que nunca hubiera podido imaginar su verdadera intensidad porque siempre le habían sido ajenos.
Subió a su despacho, sigiloso, como con miedo a hacer ruido en su propia empresa, mientras un sudor frío le recorría toda la espalda, de la nuca a los riñones. Cerro la puerta de su despacho con llave, acercó una silla para atrancar el pomo. Y volvió a recorrer aquella estancia, con aquella carta en la mano, de esquina a esquina, de lado a lado, incapaz de parar quieto. Leyendo una y otra vez ese folio. Se aflojaba la corbata, la volvía a apretar; se ponía las gafas, se las quitaba; descolgaba el teléfono, lo sostenía en el aire y lo volvía a colgar; abría la ventana, dejaba que el viento mojado le azotase, la cerraba.
Finalmente, con pasos decididos, fue hacia una de las paredes y descolgó un cuadro que recreaba una escena de caza. Quedó visible la puerta de una caja fuerte. Gorka giró la rueda con números alrededor, tapándola con la otra mano como el que esconde el teclado de un cajero automático al retirar dinero. Sacó tres fajos de billetes de su interior y cerró. Después se dirigió a su mesa, abrió un cajón y extrajo un sobre grande. Metió dentro los billetes, desatascó la puerta, la abrió y salió de la empresa.


Escuchando: Seguramente me lo merezco - Tulsa

lunes, noviembre 26, 2007

Amnesia selectiva

He perdido años hasta lograrlo. Me he investigado a fondo. Cada pliegue de la piel, cada lunar, cada recoveco. Todo ha sido peinado. Y ayer, por fin, descubrí el interruptor. El hecho de que conociera su existencia de antemano disminuye bastante el mérito de mi hallazgo. Sin embargo, se trata de un triunfo sobre mi angustia. Ahí está –no diré el sitio para no herir sensibilidades, si es que las hubiese-, al alcance, siempre dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva. Una ligera presión y tú desapareces por completo. Ni un ligero rastro que demuestre que alguna vez, en algún lugar, junto a mí, llegaste a existir –quizás fueses lo único que existía-. En buena medida es una victoria de la insensibilidad de nuestro tiempo. Todo lo que nos castiga, aquello que nos pellizca desde la memoria, lo eliminamos. Y ya está. La asepsia más absoluta. Eso sí, el interruptor no es una obligación. Cada uno –si lo encuentra- puede usarlo, o no, cuando quiera. El problema está en conseguir resistirse a sus bellos poderes amnésicos.


Escuchando: Nude - Radiohead

jueves, noviembre 22, 2007

Claustrofobia (re-edit)

Cuando abrió los ojos estaba ciego. O eso al menos le pareció en un principio. La oscuridad era absoluta y el ambiente que respiraba estaba totalmente viciado; como el de una habitación cuando lleva meses cerrada y no ha entrado un solo soplo de aire. Del aturdimiento pasó al nerviosismo más absoluto en cuestión de segundos. No lograba ver nada y cuando extendió el brazo para intentar palpar la negrura, éste apenas pudo desplegarse unos milímetros. Topó contra algo duro. Lo mismo ocurrió al intentar extenderlo lateralmente. En ese momento, comenzó a faltarle el aire y pataleó repetidas veces, encontrando los mismo topes que con los brazos. Ya era un hecho que se encontraba encerrado en algo muy estrecho; demasiado. El pánico terminó por paralizarle. Alrededor no se escuchaba nada, sólo su respiración. Venciendo la parálisis y el miedo, llevó su mano hasta el bolsillo y extrajo un encendedor. A la luz del mechero contempló su horror: estaba encerrado en un ataúd. De nuevo, le faltó el aire; creyó morirse, pero no tuvo suerte. Volvió a patalear, a dar puñetazos, pero sólo encontró el freno de la firme madera que lo retenía. Fue entonces cuando comenzó a escuchar algo más que su respiración. Un repiqueteo continuo sobre su cabeza, como el sonido de las patas de cien insectos sobre el parquet. La claustrofobia lo hizo suyo. Lo dominó tanto que le hizo perder la cabeza antes que el oxígeno.


Escuchando: Switch - 1990s

martes, octubre 23, 2007

Una pesadilla

Era de noche y yo caminaba sin rumbo por la ciudad. Por una ciudad desierta e iluminada por la pálida luz de las farolas. Una ciudad desconocida porque, de improviso, me vi perdido entre calles que nunca antes había visto. El silencio era absoluto. Ni siquiera algún vehículo rompía esa calma que amedrentaba.
Con los nervios a flor de piel caminé con pasos decididos y firmes, mirando con cautela hacia los oscuros portales y los lúgubres garajes. Mis zapatos resonaban sobre el pavimento y producían un eco de película de miedo al ascender por los muros de los negros edificios.
Me sentía como dentro de un cuento de Poe, porque todo parecía estar fuera de la realidad. Cambiaba de acera, de calle, y no me cruzaba con nadie, ni siquiera encontré un bar abierto. Todo aparentaba estar congelado en el tiempo. Sin vida.
Finalmente, tanto silencio, tanta calma tensa, se me hicieron insoportables. Comenzaron a pesarme como una mochila llena de piedras. Con el vello erizado por una extraña sensación y el estómago en la garganta, decidí echar a correr. Desbocado. Sin una dirección marcada, ya que no lograba reconocer ni una sola calle.
Rápido el sudor empezó a correr por mi frente y el miedo comenzó a agarrotar mis piernas. Justo en el momento en que temía que tendría que parar, comencé a oír unos pasos tras de mí. Unos pasos cuyo eco se ajustó inmediatamente a la cadencia de la carrera de los míos. Los oía cerca, muy cerca. Sentía que me pisaban los talones cuando doblé una esquina y enfilé otra enorme avenida, con las mismas farolas y tan desierta como el resto.
Prácticamente exhausto, resolví girarme para ver si podía vislumbrar a mi perseguidor, al dueño de esos desquiciantes pasos, cuando doblase la esquina. Volví la cabeza como pude en plena carrera, con tan mala fortuna que tropecé con un saliente de la acera y caí de bruces contra el suelo.
Boca abajo, dolorido por el golpe, el miedo me presionaba contra los adoquines. Pese a todo, venciendo el pavor, logré incorporarme levemente apoyando las manos. Miré hacia la esquina y no vi nada. Ni un alma. Los pasos habían cesado. Aturdido, no lograba entender la situación. ¿Dónde se había metido? ¿Estaría acechándome?
En plena confusión sentí una mano tocando mi hombro y al girarme horrorizado una intensa luz me dejó ciego. Mi madre había levantado la persiana de mi habitación y aquella ciudad, sus desconcertantes calles, mi perseguidor y sus pasos, todo se diluyó como un azucarillo en el café.
Sólo fue una pesadilla, pero aquella noche, al salir del entrenamiento, mi padre vino a recogerme a petición mía. Durante un tiempo preferí no andar solo de noche. Uno no debe fiarse de las pesadillas que recuerda con tantos detalles.


Escuchando: Deshacer el mundo - Héroes del Silencio

jueves, octubre 04, 2007

El pasado

-¿Qué quieres tomar?
-¿Me estás diciendo que no te acuerdas?
-Perdona, ¿era con leche y sin azúcar, verdad?
-Estaba de broma, Rubén. Un botellín.
-¿Recuerdas las palomas?- terció él, tratando de esconder sus nervios.
-¿Estás con alguien ahora?
-No lo sé- los ojos de Rubén se perdieron dando saltos de alero en alero del edificio que abrazaba la plaza, como si estuvieran buscando la contestación en los balcones- Es una respuesta difícil.
-Es cierto que se nota el frío. Quiero decir, cuando llegas aquí, la temperatura es distinta, como si se metiera debajo de tu jersey y te estrujara fuerte.
-Ana, ¿vas a volver a estudiar?
-Quizás. No lo sé. Pedro me ha ofrecido trabajar con él en el puesto de la plaza.
-Vaya, Pedro.
-¿Qué pasa Rubén?
-Nada, pensaba en cómo hacen los niños para evitar siempre al hombre del saco.

Una ráfaga de viento barrió las hojas que tapizaban la plaza, al pie del banco en el que estaban sentados; ella, a horcajadas sobre el tablón; él, con la vista al frente.

-¿Por qué has vuelto Ana?
-Porque tengo que poner tiritas.
-Todo ha cambiado mucho- al soltar la última sílaba, los ojos de Rubén barrieron el suelo al igual que el viento.
-¿Sigue abierta la tienda de doña Virtudes?
-Aquel día se pudrió el poto. Supongo que él tampoco se lo esperaba.
-Aún me guardas rencor…
-Cambiaron los buzones, ¿sabes? Ahora no rebosan los folletos de publicidad. Son mucho más profundos.
-Creo que Quique toca esta semana en el barrio. Te has vuelto más triste.
-Deberíamos irnos. Este frío es capaz de congelarlo todo. También los recuerdos.


Escuchando: PDA - Interpol

lunes, octubre 01, 2007

Ojos

Él dijo "tengo muchas ganas de querer", pero su voz se difuminó víctima del ruido del tráfico. Fue entonces cuando, de manera violenta, comenzó a entender que todo cuadraba en su cabeza, y más aún en su corazón, pero que en los ojos de ella todo era distinto. En ellos, ni grandes ni pequeños, ni claros ni oscuros, ni brillantes ni apagados, simplemente especiales, se construía la realidad de una manera totalmente distinta, de una forma que quedaba tan lejos de su entendimiento que sintió el mareo del final.


Escuchando: Dakota - Stereophonics

martes, septiembre 11, 2007

Hostias

Allí estaba él, con la cabeza gacha, en aquella iglesia llena de una iconografía que le era totalmente ajena. Esperaba que le tocara el turno para recibir lo que llamaban la hostia consagrada, eso era al menos lo que había oído. Era la primera vez (y sería la última) que participaba en aquella parafernalia. Lo recuerda como si fuera ayer. Todos los chicos en fila, obedientes como ganado, en el más absoluto silencio, mirando con una mezcla de respeto, miedo e ignorancia a aquel señor bajito con una especie de túnica blanca escoltado por una monumental cruz. Uno a uno iban abriendo la boca y recibiendo aquella pequeña esfera blanca ahogados por el pánico. Y es que no se podía masticar porque pobre de ti si lo hacías. Era el CUERPO, y morderlo te traería poco menos que la condenación eterna. El miedo siempre ha sido el gran poder de la Iglesia. Su principal baza.
Todos estaban acostumbrados a aquello, pero para él, que no estaba bautizado, ni había hecho la comunión, ni estaba mínimamente familiarizado con todo aquello, la experiencia le fue extraña. Y es que él nació ateo. Porque aunque sus padres hubieran decidido meterle en el mismo saco que a los demás desde un principio, que no fue el caso, hay cosas que vienen dadas. Y a él, sinceramente, no le gustan las iglesias. Y menos los curas. Así que, y como no podía ser de otra forma, al salir de la iglesia se sintió tan defraudado como tranquilo porque aquello no había cambiado nada. Al contrario de lo que había oído decir, él se trago una especie de galleta y al día siguiente la cagó como las de chocolate que se comía todas las tarde. Ahí se acabó todo. No hubo más. Así de simple.


Escuchando: El amor valiente - Deluxe

domingo, agosto 26, 2007

No surprises

Recuerdo que era una tarde asfixiante de agosto. Los dos, tumbados en la cama, oíamos el Ok Computer. Los minutos pasaban entre estremecimientos. Recuerdo que te quedaste un buen rato mirando aquel póster que había colgado unos días antes. En él, Thom Yorke exprimía su garganta durante un concierto. Al rato, sentenciaste que sólo una persona con aquel defecto en el ojo podía ver el mundo de aquella forma, tan distinta a la del resto; sólo un tipo con un ojo tan vago podía ser capaz de hilar aquella música.
Entonces, yo te conté que era un defecto de nacimiento, que se había operado en numerosas ocasiones pero que aquel ojo no parecía tener remedio. Y tú, ni corta ni perezosa, te lanzaste hacia la mesa para escribirle una carta. En ella, le rogabas, casi le exigías, al bueno de Thom que no volviera a intentar arreglar su ojo, que si lo hacía dejaría de ser quien era, no volvería a componer canciones como ese Anyone can play guitar que hacía que te emocionaras. No sé si él leyó tu carta, o si ésta terminó en un buzón oxidado y perdido, pero lo cierto es que su ojo ha continuado siendo el mismo y su música, también, aunque ahora me estremezca junto a otros oídos.

..........................

Me lo tatué con letras finas, elegantes. Andrea. Lo hice en aquel antro, ése al pie del malecón desde el que se podía oler la sal. Habíamos terminado siendo la típica pareja de postal, a la que todo el mundo mira diciendo: ahí van dos personas auténticas, dos almas gemelas. En tiempos de música y escritores borrachos, tú y yo vivíamos como todos soñaban. Tú escribías una prosa atormentada, cruda y áspera como un día de invierno; yo era todo un crooner de voz hipnótica y arrebatadora, ése que seguía contándote todos los recodos de tu mundo musical. Éramos una fachada encantadora. Nos sentíamos, sin duda, los reyes de todo aquello y no lo ocultábamos. Días de vino y rosas.
Echando la vista atrás recuerdo claramente el momento, eso y Sail to the moon sonando a través de un ajado altavoz. Aquel instante negro, devastador, imperdonable, que yo no supe (o no quise, o evité) detener. Tengo claro que no fue la música de Thom (quizás sí su voz) quien te ofreció esa primera dosis, quien te hizo asomarte al abismo, aquél que, de un plumazo, en menos de un segundo, mandó a la mierda todo lo que éramos, (pájaros, palabras deslumbrantes, res sostenidos, chupitos de Jack Daniels), y lo que es peor, todo lo que podíamos haber sido (chispazos de luz, complicidad suprema, vinilos, cuartillas), para terminar convirtiéndonos en desconocidos. Tú, un dibujo de Tim Burton. Yo, el protagonista de cualquier novela barata.


Este texto doble es mi aportación al fantástico proyecto Canciones en Braille que desarrolla Eme en Polaroid Mondo y que podéis ver pinchando su enlace en la lista de la derecha.


Escuchando: You make it easy - Golden Smog

jueves, julio 19, 2007

Impunidad (Cara B)

Siempre se dejaba llevar por las corazonadas, por las impresiones. Así que aquella noche, cuando el despertador perdió una de sus agujas al ir a ponerlo en hora, el detective presintió que iba a dormir poco. No se equivocaba. Poco después de la medianoche sonó el timbre del teléfono, agitando el aire de la solitaria habitación. En ese instante supo que había vuelto a actuar, que el rompecabezas iba a tener una pieza más a partir de aquella noche.

Sentado en su berlina gris, con la pequeña sirena atronando las inhóspitas calles, se dirigió al lugar, a un sitio que pese a ser diferente ya había visitado en innumerables ocasiones durante los últimos meses. Jugó a imaginarse la escena mientras sus ojos se acostumbraban a la mortecina luz de las farolas.

Cuando llegó la zona ya estaba acordonada y un número importante de curiosos trataba de saciar su morbo. El coche estaba atravesado en mitad de la calle y varios de sus compañeros sacaban huellas de toda la escena. Las lunas del vehículo estaban salpicadas de sangre. De forma automática y antes de hacer cualquier otra cosa, guiado por los años de experiencia, sus ojos se posaron en las personas que contemplaban aquel espanto. Igual que en las anteriores ocasiones, tuvo la certeza absoluta de que estaba ahí, de que con una sonrisa en su rostro se burlaba una vez más de él. No tenía ninguna duda.

Se esforzó hasta el mareo en grabar en su mente todas las caras de aquel grupo de personas. Las cinceló en su cerebro con la esperanza de reconocer alguna de ellas, de ver en alguno de esos ojos los mismos que contemplaron el último asesinato, o el anterior, hacía ya más de tres meses. En el fondo, sabía que la tarea era casi imposible, pero aún así no pudo dejar de mirar aquellas caras hasta que todas ellas se desvanecieron cuando se cruzó frente a la suya la del comisario. El tiempo cada vez estrechaba más su soga. Los resultados no llegaban.


Escuchando: There there - Radiohead

jueves, junio 28, 2007

Impunidad

Los primeros rayos de sol comenzaban a asomarse por encima de los aleros. Se apoyó en una farola y se preparó para disfrutar del espectáculo que él mismo había creado. En ese momento pensaba, sin ningún atisbo de duda, que la impunidad era un regalo inigualable. Se sentía como Dios. Al igual que él, era capaz de mover a todos los títeres a su antojo. Cobijado en el gentío sintió algo parecido al orgasmo. Aquello no tenía parangón.
Había huido, sin prisa, simplemente caminó hasta el parque de la esquina y se sentó a esperar las primeras sirenas. Una vez éstas atronaron el cielo atravesado por la luz como un colador, la gente, llevada por esa curiosidad innata, se dirigió hacia la zona. Ése era el momento para regresar al lugar. Era consciente de que uno de los principales puntos del decálogo policial es que el culpable siempre vuelve a la escena del crimen, pero eso a él no le importaba, de hecho ahí estribaba gran parte de la gracia del asunto.
Desde su posición privilegiada, rodeado de personas escandalizadas y horrorizadas, pudo ver a su gran rival llegar al lugar en uno de esos coches grises con una pequeña sirena pegada al techo. Disfrutó observándole examinar el escenario, buscando ángulos de todo tipo alrededor del vehículo abandonado en mitad de la vía. Pero, sin duda, el gran momento llegó cuando se volvió hacía el gentío e intentó escrutarlo con la intención de encontrarle, de descifrar en los ojos de alguien alguna huella de culpabilidad. Bien sabía él que aquello era inútil, un acto reflejo, y que los títeres continuarían bailando al son de la música de ese desconocido. Aún quedaban muchos escenarios por contemplar con una sonrisa de satisfacción.


Escuchando: A song for the lovers - Richard Ashcroft

miércoles, junio 06, 2007

El hombre

El hombre en cuyos mítines se gritaba
Pujol, enano, habla castellano. El
hombre que enseguida comenzó a hablar
catalán en la intimidad. El hombre
que casó a su hija en El Escorial.
El hombre que se fotografiaba con
puro, copa y pies encima de la mesa
al lado del emperador del universo.
El hombre cuya mirada competía en
penetración, agudeza e ingenio con la
de Bush. El hombre que al dar una
rueda de prensa en tejano inspiró la
mejor campaña antidrogas de la historia
(así te ves tú, así te ven los demás).
El hombre que al alba, con viento
favorable, conquistó heroicamente la
isla de Perejil. El hombre que se apuntó
a una ocupación ilegal. El hombre
que mirando a los españoles a los
ojos aseguró: créanme, hay armas de
destrucción masiva. El hombre que
profetizó que aquella invasión criminal
pacificaría la zona. El hombre
que el 11-M, tras deducir lógicamente
que el atentado era una respuesta a
su apoyo a la guerra de Irak, mintió y
mintió a los españoles, intoxicó a los
directores de los periódicos y engañó
a las cancillerías. El hombre que frente
al mayor atentado de la historia de
España no convocó el pacto antiterrorista.
El hombre que montó una manifestación
sin negociar el lema ni el
lugar ni la hora. El hombre que tras
la derrota del 14-M corrió a la tele
para decir que él no había perdido las
elecciones, porque el candidato era
Rajoy. El hombre que se apuntó a la
teoría de la conspiración. El hombre
que en sede parlamentaria habló de
desiertos y montañas (nevadas). El
hombre del Movimiento de Liberación
Nacional Vasco. El hombre del
sabremos ser generosos. El hombre
del terrorismo no se usa en la lucha
partidista. El hombre del responsable
de un atentado es el autor del atentado.
El hombre del responsable de un
atentado es Zapatero. El hombre que
tras dejar el Gobierno se paseó por el
mundo hablando mal de su país, como
un embajador inverso. El hombre
que de joven no se atrevió a llevar
melena. El hombre que estuvo en contra
de la Constitución y del divorcio y
del aborto. El hombre de fuertes principios
religiosos. El hombre al que
nadie dice a qué velocidad se conduce
ni cuántas copas se toman. El hombre
que asegura que no votar al PP
equivale a votar a ETA. El bodeguero
mayor de Castilla. El marido de
Ana Botella. El inspector de Hacienda.
El hombre. Vuelve el hombre.


Juan José Millás


Escuchando: La prueba del polígrafo - La Costa Brava

miércoles, mayo 23, 2007

Descalza

Y mentiste cuando dijiste que los sentimientos son inofensivos. No, no es así. Son rápidos y traicioneros. Siempre se me adelantan. A mí, y a ti también. Aunque lo niegues, aunque prefieras pasearte por esas plazas del centro, descalza y bailando, como si de verdad nada te preocupara, como si flotaras sobre todo, sobre todos.
Y yo me lo creía. Prefería pensar que si te acompañaba en tus vuelos sobre jardines y dormitorios, todo desaparecería, o más bien se volvería de la forma que yo quería. Con bares y música de Radiohead.
Sin embargo, y como cabía esperar, todo se terminó por difuminar. Como las rayuelas en el suelo cuando llueve. Y tú continuaste descalza, pero yo tuve que calzarme esos zapatos tan pesados como tres vidas y tuve que abandonar los sueños para encarar nuevas pesadillas. Es así como se escribe la historia. Al menos, la nuestra. Porque la tuya hace tiempo que es difícil de acotar. Se perdió entre tejados a dos aguas y libros de Nietzsche.


Escuchando: Paranoid - The Sunday Drivers

jueves, mayo 03, 2007

Dolor

-¿Estás casado? ¿Tienes hijos?
-No.
-Vaya, hubiera apostado por ello.
-No, no los tengo. Y no es nada casual, sino totalmente meditado. Es una elección. Simplemente, le tengo mucho respeto al miedo.
-¿A qué te refieres?
-Pues eso. Supongo que se resume fácilmente en que no me siento capaz de enfrentarme al miedo de perder a mis personas queridas.
-¿Y por eso prefieres no tener a nadie?
-Exacto.
-Perdona si te ofendo, pero me parece cobarde.
-Bueno, supongo que puede ser así. ¿Alguna vez te has planteado lo que tiene que doler perder a tu mujer, a un hijo? Y no te hablo de edades avanzadas o enfermedades que te van preparando. Me refiero a un golpe repentino, traidor.
-Yo he perdido gente cercana y no creo que la solución sea extinguir la especie.
-Mira, yo perdí a mi abuelo. Murió de repente. Era mayor, sí, pero estaba como una rosa. No tenía ni un achaque y su vitalidad era a prueba de bombas. Pero, un buen día, dijo adiós y se fue para siempre. Supongo que fue entonces cuando lo decidí. Me dolió tanto, fue una sensación tan horrible, que caí en la cuenta de que sería muchísimo peor con un padre o una madre. Me bastó con ver al mío aquellos días para comprenderlo.
-Pero el hecho de tener un hijo, de compartir la vida con alguien, conlleva tantas cosas buenas que merece la pena jugársela.
-Sí, supongo que ésa es la opinión de la mayoría de la gente. Pero no la mía. El planteamiento de perder a un padre me llevó a extenderlo más allá. Al momento de crear tu propia familia. No sería sino aumentar las probabilidades. Una mujer, un hijo, ¿para qué elevar la posibilidad de dolor? Al final, siempre llega la pérdida y la desesperación. Otra vez el vacío. Y yo, sinceramente, no soportaría tanto dolor ni tanta ausencia.



Escuchando: Fat children - Jarvis Cocker

lunes, marzo 26, 2007

El pianista

¿Y qué coño saben ellos de lo que es tocar el piano? Que si no sé elegir la melodía adecuada para cada momento, que si con estas pintas no se puede venir a hacer soñar al público, que no se puede tocar el piano bebido… ¡Pues claro que se puede viejos frustrados! Años y años de conservatorio para esto ¿Y si supieran que yo fui enseñado por los más grandes, que toqué con ellos por todo el mundo? ¿Qué dirían si se enteraran de que mis discos eran tan valorados que terminaron convirtiéndose en piezas codiciadas como un cuadro de Monet?

Pero no. A toda esta cuadrilla de falsos aristócratas les da igual. Viven exclusivamente de la imagen, pero están secos por dentro. Siempre con sus putitas de lujo, buscando impresionar, con sus trajes, sus anillos y sus andares de estrella. Falsedad. Todos ellos son una pose sin consistencia. Castillos en el aire. Fuera de este club, todos tienen una vida que les espera. Una gris oficina con una triste secretaria con gafas de concha. Una mujer que ha perdido la línea después de haber parido a tres monstruitos que les amargan al llegar a casa y que sólo les quieren para exprimir su billetera. El club es su oasis simulado; la vida que se han construido para poder tener dos, para poder seguir en pie.

En el fondo, me dan pena. Son unos pobres desgraciados que necesitan vivir dos veces para disfrutar. Cobardes que no han sido capaces de encarar sus problemas y cortar por lo sano; se han cagado en los pantalones cuando han visto que su vida no es la que querían, que su mujer les asquea y que no quieren cargar con descendencia egoísta. Y en lugar de ser valientes, de luchar por su existencia, han tomado el camino más fácil. Vivir como un agente doble. Y se confunden, no es divertido.


Escuchando: Prenzlaurberg - Beirut

miércoles, marzo 07, 2007

Matusalem

El señor azul se preguntaba cómo es posible enlazar tal cantidad de cagadas de manera consecutiva. Sentado en el taburete del Wilde, mirando la calle por aquel enorme ventanal, pensaba que nunca sería capaz de enderezarse, de conseguir mantener una historia en línea recta más allá de quince minutos. Pidió otro Matusalem con cola y se acodó en la barra. Quiso reconstruir todo lo ocurrido, pieza a pieza. Pero ya había llegado a un punto en que no conseguía distinguir lo que estaba bien y lo que no. Él, simplemente, actuaba. Pero su problema estaba en que nunca había querido aprender, y ahora lo veía. Nunca les había prestado atención. En ningún momento quiso saber por qué aquello o por qué lo otro.
A esa hora, el Wilde estaba lleno de individuos patibularios, sin más pensamientos que seguir bebiendo hasta que echaran el cierre. Eso le entristeció aún más. Aquéllos ya no eran tiempos para cartas, pero, aún así, el había escrito una y se la había mandado. Y, por primera vez en su vida, sí rellenó el remite. De aquello habían pasado días –aunque a él le había parecido años bisiestos- y no había obtenido respuesta. Lo que más le indignó fue que las disculpas hubieran perdido el peso, la aristocracia, que en otros días habían tenido. Ni reconociendo el error, asumiendo que había metido la pata hasta el fondo, logró enderezar el timón. ¿Qué más se puede hacer cuando una disculpa, un lo siento, no sirve? Sólo con imaginar que la respuesta a esa pregunta fuera un NADA rotundo sintió una tristeza insondable. Así que decidió que no había mejor opción que pedirse otro Matusalem. Pensar sólo hace daño. Al menos a él.


Escuchando: Keep it Amazed - French Kicks

lunes, febrero 12, 2007

Heridas

Y llorabas cuando follábamos. Profundamente. Gemías de placer, pero las lagrimas resbalaban por tu rostro. Llorabas igual que en muchas otras ocasiones. Y yo había terminado por acostumbrarme, aunque nunca llegara a entender qué era lo que tenías. Después, sentados los dos en la cama, con un cigarro en los labios, tú tratabas de explicármelo. Me hablabas de campos de trigo y de muñecas desnudas. De tardes inmensas como lagos. Me explicabas algo sobre una herida de ésas que no se ven y que no cicatrizan nunca. Y que sangran como úlceras. Entonces yo te apretaba contra mí, y tú volvías a llorar y a mí me daba la impresión que te dolía quererme. Que te dolía querer, y que ya fuera follando o escuchando nuestro disco favorito las lágrimas serían compañeras nuestras. Y desde entonces tengo una misión basada en conocerte en toda tu extensión, de cabo a rabo, no dejar ni una célula de tu pensamiento sin rastrear en busca de una herida tan vieja como la tierra y tan omnipresente como el amor.


Escuchando: La rupture - Yann Tiersen



(En la imagen el autor, un servidor, víctima de un robado pactado)

viernes, febrero 02, 2007

Fronteras

Afuera, el aire sonaba como si disparara balas contra las ventanas. En estos parajes es normal, nos dijo aquel orondo nativo que nos alquiló aquella habitación. Era lo que buscábamos, al menos yo; un sitio tranquilo, con poco movimiento. Era un bloque feo, gris como una tarde de tormenta. No tenía nada alrededor, a excepción de arena y una gasolinera más acorde con los tiempos del charlestón. Yo, particularmente, no necesitaba nada más. Pero tú, me dio lo impresión que sí.
Supongo que siempre estaría aquello entre tú y yo; creando un campo magnético que iba bloqueando cada vez más nuestros impulsos. Eras para mí algo frío, y eso que todo esto acababa de comenzar. Pero todo era distinto. Esa coleta torcida nunca había estado ahí, y ahora me agriaba el carácter cada vez que te miraba.
Quizás es que las fronteras son tan finas como las hebras de hilo y tus labios y el borde de un folio y mi paciencia. En aquella mecedora, con mi cigarro a medias, hubiera jurado que había traspasado la frontera y había sido capaz, pese a su falta de grosor, de notarlo. Esa confirmación me sentó en una nube desde la que te ví llorar, gritar, dormir, volver a gritar, soñar, cagarte en mis muertos, clamar venganza, volverte a dormir y, por fin, entrar en un estado de tranquilidad tan fino como aquella frontera, como el asiento que, aunque fuera por unas pocas horas, me puso por encima del bien y del mal, del agobio y la presión. Por encima de ti.


Escuchando: Pictures of you - The Cure

lunes, enero 22, 2007

Fuentes

Ya había recorrido todas las fuentes de la ciudad. Y no me refiero a las de los parques en las que beben los niños. Hablo de las que adornan esas plazas escondidas que siempre suelen estar rodeadas de turistas. En todas estuve un rato y en todas arrojé una moneda. No sé por qué siempre he creído en eso, en que si tiras una moneda en esas fuentes tu deseo se cumple. Y no soy el único. Nada más hay que ver la cantidad de dinero que había en aquellos fondos.
El caso es que tras caminatas interminables por toda la ciudad y cientos de euros gastados –porque un deseo es un deseo y no puede cumplirse con unos pocos céntimos-, el deseo no se cumplía y, de tanto nombrarte, comencé a temer que te dolieran los oídos.
Una tarde, nada mas lanzar la última moneda de un euro que me quedaba, llegué a la conclusión de que quizás lo estaba haciendo mal. ¿De dónde había sacado yo que el deseo había que pensarlo antes de lanzar la moneda y no después? Ahí había estado mi problema. Lo había hecho mal.
Así que al día siguiente, y una vez llenos mis bolsillos de monedas, volví a la carga. Como lo había hecho mal desde un principio, decidí visitar las mismas fuentes otra vez. Y así inicié de nuevo mi ruta, sólo que esta vez el deseo venía cuando la moneda había tocado el agua.
Unas semanas después, más pobre y triste todavía, no entendía nada. Mi deseo seguía sin hacerse realidad; tú no habías vuelto a mis brazos y, probablemente, te dolían los oídos más que nunca. Porque no sé si saben que para ello no es indispensable el insulto. Hablando de alguien hasta la extenuación se consigue una otitis de campeonato. Pero no era mi intención.
Y, bueno, como supongo que todos ustedes esperan una moraleja o algo parecido a un final y yo no estoy dispuesto, sólo les diré que mi conclusión es que todo eso es una mierda. Que los deseos no se cumplen y que las cosas rotas no se arreglan pegándolas. Y que mientras yo tiraba monedas como un tonto, ella ya tenía un nuevo universo construido. Y que, bueno, pude sonar a pesimismo de psiquiátrico, pero que no vale de nada sentarse a desear que alguien vuelva, ni siquiera ir a buscarle, porque cuando algo termina lo hace de verdad. Las segundas partes no es que siempre sean peores, es que son imposibles. Ah, por cierto, ¿qué coño pasará con todas esas monedas que se amontonan en las tripas de las fuentes?


Escuchando: El cristal por dentro - Maga

jueves, enero 11, 2007

Acordes

Afiné la guitarra sentado en aquel precioso tejado. Desde allí se veían todas las escamas de Madrid. La cabeza de miles de edificios cortando la niebla como si fuera leche. A oscuras, con la única luz de la brasa de mi cigarro, comencé a pellizcar aquellos acordes que siempre serían LOS ACORDES. Sonó como de costumbre, pero el maullido de un gato escalador, morador de aquellas alturas, le dio un punto distinto, quizás más desgarrado.
Al terminar, me quedé vacío. Por primera vez. Era un vacío total que me aisló durante unos momentos de todo lo que me rodeaba. Sólo podía ver estrellas y planos en negro. Supuse que aquella canción, como siempre había soñado tras aquello, había purgado mi interior. Si en su momento fueron creadores, ahora LOS ACORDES habían puesto el punto final definitivo.
Me sacó de mi ensoñación un nítido aplauso. Al principio no supe qué era; de dónde venía. Un escalofrío recorrió mi espalda hasta despertarme del todo. Al fondo, en un edificio cercano, divisé una figura. También sentada sobre su tejado. Y con una guitarra sobre el regazo. Entonces, comenzaron a sonar unos acordes que en un principio eran desconocidos para mí, pero que, poco a poco, fueron despertando algo que comenzó a llenar mi interior de nuevo. Otra vez, el círculo volvía a empezar.


Escuchando: Hot House - Dizzy Gillespie

jueves, diciembre 28, 2006

Batalla

Yacías allí, a mi lado. Tan ausente. Tan triste. Y yo sabía por qué era. Porque aquellos pájaros negros con forma de manecilla de reloj se lo habían llevado todo. Encendí un cigarro, y las volutas de humo subieron hasta el techo, formando anillos como los que nunca rodearían ya nuestros dedos.
Por mucho que deambulé por los recuerdos no encontré ningún ansiolítico que detuviera ese llanto de sentimientos; profundos como sueños llenos de monstruos y manos gigantescas.
Mandé a mis ejércitos a la reserva, pues el armisticio ya era un hecho. Después de meses de batalla, la guerra había terminado en tablas. Como suele ocurrir, por otra parte. Nunca hay vencedores y vencidos. Sólo hay derrotados. Y tú y yo lo éramos.
Así que me levanté de la cama. Tú me dabas la espalda, ya en otra dimensión, en otro mundo distinto al mío. A partir de entonces ajeno, pero al que volveríamos demasiado a menudo, al menos yo, porque, como dice Benjamín Prado en uno de sus libros, la nostalgia es un monstruo de tres sílabas que devora la razón.


Escuchando: The mess we´re in - PJ Harvey

miércoles, diciembre 20, 2006

Bocas

"Esta noche, buscando tu boca en otra boca, casi creyéndolo, porque así de ciego es este río que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados, qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor sabiendo que el placer es ese esclavo innoble que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.
Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas ni esperanza. Solo en mi casa abierta sobre el puerto otra vez empezar a quererte, otra vez encontrarte en el café de la mañana sin que tanta cosa irrenunciable hubiera sucedido. Y no tener que acordarme de este olvido que sube para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos y no dejarme más que una ventana sin estrellas".


After such pleasures - Julio Cortázar


Escuchando: Atoms for peace - Thom Yorke

martes, diciembre 12, 2006

Justicia poética

Allí está ella. Días tras día. Mañana tras mañana. Sentada en el banco del parque; sobre el respaldo, con los pies apoyados en el asiento. Su silueta recortada contra el espacio acolchado, verde, sobre el que juegan los niños. Pequeños como el tuyo, ése al que llevas todos los días, al que te veo pasear hasta el parque en ese carrito galáctico, más propio de una película futurista. Luego, lo aparcas al sol y te sientas. A veces con un libro en la mano, otras sin nada, simplemente mirando al vacío, con esa mirada triste que tanto me caló la primera vez. Esa misma mirada que me sigue paralizando cuando te veo llegar, a través del cristal, mientras friego las tazas de café que todos esos ejecutivos grises se han bebido a primera hora. Y luego me es imposible barrer la zona de la barra, poner los servilleteros, los ceniceros. Allí me quedo mirándote y pensando si podría arrancarte una sonrisa regalándote unas flores quizás. Y entonces pienso en quién será el padre de tu criatura y en que debería estar encarcelado sólo por permitirte vestir esa sonrisa triste. Condenado de por vida por dejarte languidecer, porque nadie que es feliz se sienta al sol de un parque tan bonito con esa mueca, como si fuera un mimo imitando a un aspirante a suicida. Y luego pienso que sería bonito ser un Robin Hood de las sonrisas. Robárselas a los que le sobran y entregárselas a personas como tú. Ser el paladín de la justicia poética. ¿Por qué no?


Escuchando: Little girl blue - Nina Simone

lunes, diciembre 11, 2006

Pistola

Sopesó de nuevo el arma y comprobó que ya no era tan liviana como le había parecido en un primer momento. No en vano, ahora cargaba con el peso de un asesinato. En ese instante pudo comprobar que la leyenda era cierta. Las armas se hacen cada vez más pesadas según van cumpliendo con su misión. A cada muerte, más peso. Así es como funciona, y él tenía la prueba en su mano derecha, una mano que había perdido para siempre la inocencia.


Escuchando: Into my arms - Nick Cave

lunes, diciembre 04, 2006

Militares

“¿Alguna vez se ha sentido sitiado por el fuego y ha sabido que su vida en ese momento vale menos que un pedazo de mierda? ¿O se ha visto metido en un pueblo lleno de gente sin saber si quieren ayudarlo o matarlo? ¿Ha visto cómo sus amigos van cayendo en la batalla? ¿Ha almorzado con la gente sabiendo que quizá sea la última vez, que la próxima vez que los vea probablemente estén en un cajón? Cuando eso pasa, uno deja de tener amigos, porque sabe que los perderá. Uno se acostumbra al dolor de perderlos y se limita a evitar ser una de las sillas vacías que se van multiplicando en los comedores. ¿Sabe lo que es eso? No. Usted no tiene ni la menor idea de lo que es eso. Usted estaba en Lima, pues, mientras su gente moría. Estaba leyendo poemitas de Chocano, supongo. Literatura, ¿verdad? La literatura dice demasiadas cosas bonitas, señor fiscal. Demasiadas. Ustedes los intelectuales desprecian a los militares porque no leemos. Sí, no ponga esa cara, he escuchado sus bromas, he visto la cara de los viejos políticos cuando hablamos. Y las comprendo. Nuestro problema es que estamos hasta los huevos de la realidad, nunca hemos visto las cosas bonitas de las que hablan sus libros”.

Abril Rojo - Santiago Roncagliolo


Escuchando: Dance me to the end of love - Leonard Cohen

viernes, diciembre 01, 2006

Reglas

“Cariño, poco a poco, voy cogiendo el pulso a esta ciudad. ¿Sabes?, a ti te encantaría. Los atardeceres tienen ese tono anaranjado que siempre te ha hecho feliz. Además, los pájaros vuelan más lento. De verdad. Aquí da tiempo a reconocerlos. Es como si fueran más confiados.
El otro día me senté junto a un estanque. Había patos; cinco o seis. Yo, lentamente, les arrojaba migas de pan para ver cómo se arremolinaban frente a mí. Uno de ellos, el que parecía ser el jefe, batió las alas un par de veces y los demás, diligentes, se alejaron, dejando todo aquel manjar para el dominante. Supongo que esta ciudad se basa en esto. Son sus reglas.
Aquí comienza a hacer frío. Como allí.
Cuídate y abriga tus pies con la manta verde. Está en el armario”.


Escuchando: Substitute - The Who

miércoles, noviembre 29, 2006

Hormigas

Miré por la venta de la habitación de aquel hotel de cuatro estrellas, enorme como un gigante. Debajo, a cientos de metros, el mundo seguía girando. Las hormigas y sus coches mantenían su ritmo frenético. Volví a dejar caer la cortina y la estancia adquirió un nuevo juego de colores. El Director estaba sentado a la mesa. En uno de los laterales. En cada una de las cabeceras, dos sillas permanecían vacías. Me acerqué al botellero y me serví un whisky con hielo. Eché un vistazo a la puerta y me senté en el mullido sofá que presidía la pared este de la habitación. El Director leía el periódico ajeno a todo. Yo me sentía inquieto; tenía ganas de que todo aquello diera comienzo ya. Se estaba retrasando demasiado.
La puerta se abrió con un chirrido al que siguió un golpe sordo. Él entró en la habitación. Traje impecable, zapatos brillantes y sombrero de ala. Sin duda, verlo le hacía a uno replantearse sino sería mejor idea marcharse al zoo a ver a los monos. Se saludó cortesmente con el director levantando levemente su sombrero. Conmigo fue igual de educado.
Fuera, el cielo se cubrió repentinamente. De pie, otra vez mirando por la ventana, comprobé que la lluvia ya había empezado a caer y las hormigas corrían a refugiarse.
Me vino entonces a la cabeza una escena que había vivido por la tarde, hacía unas horas. Un hombre, bien vestido, probablemente un ejecutivo, comía solo en un banco. Pinchaba lechuga de una ensalada de ésas que vienen empaquetadas, como si fueran piezas para un motor. Pensé que yo nunca querría acabar así; tan solo. Fue la sensación que me dio. No sé por qué, imagine que él estaba comiendo solo porque no tenía con quién hacerlo, al igual que vivía en un piso de soltero en soledad y sacaba una sola entrada en la taquilla del cine. De nuevo, la cortina. Me estaban esperando.


Escuchando: The fear - Pulp

lunes, noviembre 27, 2006

De cine


Anoche, Jean Seberg se me apareció de esta guisa. No hay más que comentar.


Escuchando: My favourite things - John Coltrane

lunes, noviembre 20, 2006

Disfraz

Ocurría una vez al año y todos lo esperábamos con ilusión. Llegaba en primavera, cuando Mamá ya empezaba a ponerme ropa un poco más liviana. Lo recuerdo como en una nebulosa; aquellas cuatro paredes que encerraban un pequeño espacio plagado de pupitres. También me acuerdo de la pizarra, que separaba nuestra clase de otra en la que niños un poco más mayores –quizás un solo curso- hacían siempre mucho ruido. Yo llegaba a casa con una nota de la profesora en la que avisaba a mis padres de que pronto llegaría el día de la fiesta de disfraces. Todo un acontecimiento para nosotros, hastiados de jugar a la pelota en un minúsculo espacio rodeado de coches. Daba igual que no fueras rápido, ya que el espacio se te acababa pronto sino querías verte metido en medio de la carretera, entre pitos y frenazos.
Los dos días anteriores al evento no podía dormir. Imaginaba cómo sería la fiesta ese año y si mi disfraz seguiría gustando. Y es que yo siempre me disfrazaba de lo mismo. De payaso. Aquel día por la mañana, bien pronto, mi padre me despertaba y yo iba corriendo al armario en el que estaban las pinturas. Recuerdo que no eran unas pinturas normales. Antes de mi primera fiesta, yo nunca las había visto. Quizás, sólo las había imaginado. Eran como las plastidecor de toda la vida, pero más gordas y desprendían un aroma distinto, singular. Un olor muy característico que ya siempre iría unido a aquellos días de infancia. Las manos llenas de pintura mientras sentado en un taburete esperaba con paciencia que mi disfraz estuviera listo.
Recuerdo como mi padre, de manera minuciosa, pintaba mi cara de tres colores: rojo, azul y blanco. Yo había visto a los payasos en la tele y tenía claro cómo debía ir pintado. Pero mi padre siempre lo lograba. Me miraba en el espejo y tenía claro que mi disfraz volvería a gustar porque mi padre me había transformado a base de trazos con unas pinturas blanditas, como si fueran de plastilina.

Escuchando: He war - Cat Power

lunes, noviembre 13, 2006

Ciclos

Como tengo esa extraña querencia por los moteles, a uno de ellos me dirigí aquella noche. Lo cierto es que, si se busca bien, se puede encontrar alguno relativamente cómodo, pero hay que poner interés y yo no estaba dispuesto a ello. Así que elegí el primero que se cruzó en mi camino. Un edificio sumido en la oscuridad; sólo arañado por la luz de dos farolas destartaladas.
Un cuaderno y un par de discos, todas mis posesiones aquella noche tormentosa del mes de noviembre. Así que, como no podía ser de otra forma, me puse a escribir sobre ti. Pero ya no eras una cara o un nombre. Ya no. Ahora eras todas las caras y todos los nombres de mujer. No había una única personalización porque, simplemente, ya no existía nadie para mí.
Me salió todo el texto sin pausa, a raudales. Mi mano movía el bolígrafo como si tuviera voluntad propia. De este modo, las hojas en blanco se vieron inundadas de una tinta que reproducía melenas rubias, ojos marrones, labios carnosos, tardes de domingo, besos bajo los árboles, lágrimas sentidas… En fin, todo un catálogo de relaciones a modo de recopilación. Al igual que algunos grupos o cantantes deciden, cuando llevan el suficiente tiempo creando y creen que ha concluido un ciclo, reunir sus mejores temas en un disco, yo había llevado a cabo un compendio de relaciones, convencido también de que un ciclo había terminado.
Ayer, me compré un cuaderno nuevo.


Escuchando: Tristeza - Iván Ferreiro

viernes, noviembre 03, 2006

'Sudacas'

De pie, al borde del acantilado, Lucas observó la inmensidad del mar. Siempre le había atraído esa infinitud . Aquella tarde de otoño, sus pensamientos le habían llevado hasta el final del paseo. A la parte a la que nadie llegaba. Allí terminaba la zona asfaltada y un sinuoso camino de tierra conducía hasta ese acantilado. Un balcón desde el que contemplar el enorme vaso de agua salada.
Observando el horizonte, Lucas intentó encontrarle explicación a todo. Su mente no era capaz de digerir aquella situación. ¿Cómo era posible que se sintiera un extranjero en la tierra de la que provenía su sangre? Por más vueltas que le daba no podía imaginar hacia dónde había derivado un mundo en el que un hijo de español era tachado de ‘sudaca’ cuando regresaba a su tierra paterna. Con esa simple palabra le bastaba a todo el mundo para cerrarle las puertas de cualquier trabajo o para cargarle con las culpas del desempleo, la inseguridad ciudadana o las listas de espera.
Él intentaba explicarse por qué todo el país había olvidado los días en que tuvieron que ser ellos los que emigraron a la Argentina para poder sobrevivir. Ahora, esos tiempos difíciles se encontraban sepultados por esa cegadora sociedad del bienestar. En lugar de intentar devolver el favor con agradecimiento, les recibían de uñas; son jodidos inmigrantes.
No le cabía ninguna duda. Su padre, un coruñés de pro, estaría avergonzado de todo esto. Se retorcería ante la falta de memoria histórica que reinaba de manera indiscriminada. Ante el hecho de que se habían olvidado de ellos. Los que lo sacrificaron todo y contribuyeron de manera impagable al crecimiento del país desde la distancia.
Pero como los pensamientos no sirven para nada, Lucas retrocedió hacia el paseo y, con la frente muy alta, volvió a su ardua y desesperante tarea de encontrar un empleo en algún sitio donde los ‘sudacas’ no fueran vistos como sanguijuelas.


Escuchando: She's a jar - Wilco
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