¿Y qué coño saben ellos de lo que es tocar el piano? Que si no sé elegir la melodía adecuada para cada momento, que si con estas pintas no se puede venir a hacer soñar al público, que no se puede tocar el piano bebido… ¡Pues claro que se puede viejos frustrados! Años y años de conservatorio para esto ¿Y si supieran que yo fui enseñado por los más grandes, que toqué con ellos por todo el mundo? ¿Qué dirían si se enteraran de que mis discos eran tan valorados que terminaron convirtiéndose en piezas codiciadas como un cuadro de Monet?
Pero no. A toda esta cuadrilla de falsos aristócratas les da igual. Viven exclusivamente de la imagen, pero están secos por dentro. Siempre con sus putitas de lujo, buscando impresionar, con sus trajes, sus anillos y sus andares de estrella. Falsedad. Todos ellos son una pose sin consistencia. Castillos en el aire. Fuera de este club, todos tienen una vida que les espera. Una gris oficina con una triste secretaria con gafas de concha. Una mujer que ha perdido la línea después de haber parido a tres monstruitos que les amargan al llegar a casa y que sólo les quieren para exprimir su billetera. El club es su oasis simulado; la vida que se han construido para poder tener dos, para poder seguir en pie.
En el fondo, me dan pena. Son unos pobres desgraciados que necesitan vivir dos veces para disfrutar. Cobardes que no han sido capaces de encarar sus problemas y cortar por lo sano; se han cagado en los pantalones cuando han visto que su vida no es la que querían, que su mujer les asquea y que no quieren cargar con descendencia egoísta. Y en lugar de ser valientes, de luchar por su existencia, han tomado el camino más fácil. Vivir como un agente doble. Y se confunden, no es divertido.
Escuchando: Prenzlaurberg - Beirut
lunes, marzo 26, 2007
miércoles, marzo 07, 2007
Matusalem
El señor azul se preguntaba cómo es posible enlazar tal cantidad de cagadas de manera consecutiva. Sentado en el taburete del Wilde, mirando la calle por aquel enorme ventanal, pensaba que nunca sería capaz de enderezarse, de conseguir mantener una historia en línea recta más allá de quince minutos. Pidió otro Matusalem con cola y se acodó en la barra. Quiso reconstruir todo lo ocurrido, pieza a pieza. Pero ya había llegado a un punto en que no conseguía distinguir lo que estaba bien y lo que no. Él, simplemente, actuaba. Pero su problema estaba en que nunca había querido aprender, y ahora lo veía. Nunca les había prestado atención. En ningún momento quiso saber por qué aquello o por qué lo otro.
A esa hora, el Wilde estaba lleno de individuos patibularios, sin más pensamientos que seguir bebiendo hasta que echaran el cierre. Eso le entristeció aún más. Aquéllos ya no eran tiempos para cartas, pero, aún así, el había escrito una y se la había mandado. Y, por primera vez en su vida, sí rellenó el remite. De aquello habían pasado días –aunque a él le había parecido años bisiestos- y no había obtenido respuesta. Lo que más le indignó fue que las disculpas hubieran perdido el peso, la aristocracia, que en otros días habían tenido. Ni reconociendo el error, asumiendo que había metido la pata hasta el fondo, logró enderezar el timón. ¿Qué más se puede hacer cuando una disculpa, un lo siento, no sirve? Sólo con imaginar que la respuesta a esa pregunta fuera un NADA rotundo sintió una tristeza insondable. Así que decidió que no había mejor opción que pedirse otro Matusalem. Pensar sólo hace daño. Al menos a él.
Escuchando: Keep it Amazed - French Kicks
A esa hora, el Wilde estaba lleno de individuos patibularios, sin más pensamientos que seguir bebiendo hasta que echaran el cierre. Eso le entristeció aún más. Aquéllos ya no eran tiempos para cartas, pero, aún así, el había escrito una y se la había mandado. Y, por primera vez en su vida, sí rellenó el remite. De aquello habían pasado días –aunque a él le había parecido años bisiestos- y no había obtenido respuesta. Lo que más le indignó fue que las disculpas hubieran perdido el peso, la aristocracia, que en otros días habían tenido. Ni reconociendo el error, asumiendo que había metido la pata hasta el fondo, logró enderezar el timón. ¿Qué más se puede hacer cuando una disculpa, un lo siento, no sirve? Sólo con imaginar que la respuesta a esa pregunta fuera un NADA rotundo sintió una tristeza insondable. Así que decidió que no había mejor opción que pedirse otro Matusalem. Pensar sólo hace daño. Al menos a él.
Escuchando: Keep it Amazed - French Kicks
lunes, febrero 12, 2007
Heridas
Y llorabas cuando follábamos. Profundamente. Gemías de placer, pero las lagrimas resbalaban por tu rostro. Llorabas igual que en muchas otras ocasiones. Y yo había terminado por acostumbrarme, aunque nunca llegara a entender qué era lo que tenías. Después, sentados los dos en la cama, con un cigarro en los labios, tú tratabas de explicármelo. Me hablabas de campos de trigo y de muñecas desnudas. De tardes inmensas como lagos. Me explicabas algo sobre una herida de ésas que no se ven y que no cicatrizan nunca. Y que sangran como úlceras. Entonces yo te apretaba contra mí, y tú volvías a llorar y a mí me daba la impresión que te dolía quererme. Que te dolía querer, y que ya fuera follando o escuchando nuestro disco favorito las lágrimas serían compañeras nuestras. Y desde entonces tengo una misión basada en conocerte en toda tu extensión, de cabo a rabo, no dejar ni una célula de tu pensamiento sin rastrear en busca de una herida tan vieja como la tierra y tan omnipresente como el amor.
Escuchando: La rupture - Yann Tiersen

(En la imagen el autor, un servidor, víctima de un robado pactado)
Escuchando: La rupture - Yann Tiersen

(En la imagen el autor, un servidor, víctima de un robado pactado)
viernes, febrero 02, 2007
Fronteras
Afuera, el aire sonaba como si disparara balas contra las ventanas. En estos parajes es normal, nos dijo aquel orondo nativo que nos alquiló aquella habitación. Era lo que buscábamos, al menos yo; un sitio tranquilo, con poco movimiento. Era un bloque feo, gris como una tarde de tormenta. No tenía nada alrededor, a excepción de arena y una gasolinera más acorde con los tiempos del charlestón. Yo, particularmente, no necesitaba nada más. Pero tú, me dio lo impresión que sí.
Supongo que siempre estaría aquello entre tú y yo; creando un campo magnético que iba bloqueando cada vez más nuestros impulsos. Eras para mí algo frío, y eso que todo esto acababa de comenzar. Pero todo era distinto. Esa coleta torcida nunca había estado ahí, y ahora me agriaba el carácter cada vez que te miraba.
Quizás es que las fronteras son tan finas como las hebras de hilo y tus labios y el borde de un folio y mi paciencia. En aquella mecedora, con mi cigarro a medias, hubiera jurado que había traspasado la frontera y había sido capaz, pese a su falta de grosor, de notarlo. Esa confirmación me sentó en una nube desde la que te ví llorar, gritar, dormir, volver a gritar, soñar, cagarte en mis muertos, clamar venganza, volverte a dormir y, por fin, entrar en un estado de tranquilidad tan fino como aquella frontera, como el asiento que, aunque fuera por unas pocas horas, me puso por encima del bien y del mal, del agobio y la presión. Por encima de ti.
Escuchando: Pictures of you - The Cure
Supongo que siempre estaría aquello entre tú y yo; creando un campo magnético que iba bloqueando cada vez más nuestros impulsos. Eras para mí algo frío, y eso que todo esto acababa de comenzar. Pero todo era distinto. Esa coleta torcida nunca había estado ahí, y ahora me agriaba el carácter cada vez que te miraba.
Quizás es que las fronteras son tan finas como las hebras de hilo y tus labios y el borde de un folio y mi paciencia. En aquella mecedora, con mi cigarro a medias, hubiera jurado que había traspasado la frontera y había sido capaz, pese a su falta de grosor, de notarlo. Esa confirmación me sentó en una nube desde la que te ví llorar, gritar, dormir, volver a gritar, soñar, cagarte en mis muertos, clamar venganza, volverte a dormir y, por fin, entrar en un estado de tranquilidad tan fino como aquella frontera, como el asiento que, aunque fuera por unas pocas horas, me puso por encima del bien y del mal, del agobio y la presión. Por encima de ti.
Escuchando: Pictures of you - The Cure
lunes, enero 22, 2007
Fuentes
Ya había recorrido todas las fuentes de la ciudad. Y no me refiero a las de los parques en las que beben los niños. Hablo de las que adornan esas plazas escondidas que siempre suelen estar rodeadas de turistas. En todas estuve un rato y en todas arrojé una moneda. No sé por qué siempre he creído en eso, en que si tiras una moneda en esas fuentes tu deseo se cumple. Y no soy el único. Nada más hay que ver la cantidad de dinero que había en aquellos fondos.
El caso es que tras caminatas interminables por toda la ciudad y cientos de euros gastados –porque un deseo es un deseo y no puede cumplirse con unos pocos céntimos-, el deseo no se cumplía y, de tanto nombrarte, comencé a temer que te dolieran los oídos.
Una tarde, nada mas lanzar la última moneda de un euro que me quedaba, llegué a la conclusión de que quizás lo estaba haciendo mal. ¿De dónde había sacado yo que el deseo había que pensarlo antes de lanzar la moneda y no después? Ahí había estado mi problema. Lo había hecho mal.
Así que al día siguiente, y una vez llenos mis bolsillos de monedas, volví a la carga. Como lo había hecho mal desde un principio, decidí visitar las mismas fuentes otra vez. Y así inicié de nuevo mi ruta, sólo que esta vez el deseo venía cuando la moneda había tocado el agua.
Unas semanas después, más pobre y triste todavía, no entendía nada. Mi deseo seguía sin hacerse realidad; tú no habías vuelto a mis brazos y, probablemente, te dolían los oídos más que nunca. Porque no sé si saben que para ello no es indispensable el insulto. Hablando de alguien hasta la extenuación se consigue una otitis de campeonato. Pero no era mi intención.
Y, bueno, como supongo que todos ustedes esperan una moraleja o algo parecido a un final y yo no estoy dispuesto, sólo les diré que mi conclusión es que todo eso es una mierda. Que los deseos no se cumplen y que las cosas rotas no se arreglan pegándolas. Y que mientras yo tiraba monedas como un tonto, ella ya tenía un nuevo universo construido. Y que, bueno, pude sonar a pesimismo de psiquiátrico, pero que no vale de nada sentarse a desear que alguien vuelva, ni siquiera ir a buscarle, porque cuando algo termina lo hace de verdad. Las segundas partes no es que siempre sean peores, es que son imposibles. Ah, por cierto, ¿qué coño pasará con todas esas monedas que se amontonan en las tripas de las fuentes?
Escuchando: El cristal por dentro - Maga
El caso es que tras caminatas interminables por toda la ciudad y cientos de euros gastados –porque un deseo es un deseo y no puede cumplirse con unos pocos céntimos-, el deseo no se cumplía y, de tanto nombrarte, comencé a temer que te dolieran los oídos.
Una tarde, nada mas lanzar la última moneda de un euro que me quedaba, llegué a la conclusión de que quizás lo estaba haciendo mal. ¿De dónde había sacado yo que el deseo había que pensarlo antes de lanzar la moneda y no después? Ahí había estado mi problema. Lo había hecho mal.
Así que al día siguiente, y una vez llenos mis bolsillos de monedas, volví a la carga. Como lo había hecho mal desde un principio, decidí visitar las mismas fuentes otra vez. Y así inicié de nuevo mi ruta, sólo que esta vez el deseo venía cuando la moneda había tocado el agua.
Unas semanas después, más pobre y triste todavía, no entendía nada. Mi deseo seguía sin hacerse realidad; tú no habías vuelto a mis brazos y, probablemente, te dolían los oídos más que nunca. Porque no sé si saben que para ello no es indispensable el insulto. Hablando de alguien hasta la extenuación se consigue una otitis de campeonato. Pero no era mi intención.
Y, bueno, como supongo que todos ustedes esperan una moraleja o algo parecido a un final y yo no estoy dispuesto, sólo les diré que mi conclusión es que todo eso es una mierda. Que los deseos no se cumplen y que las cosas rotas no se arreglan pegándolas. Y que mientras yo tiraba monedas como un tonto, ella ya tenía un nuevo universo construido. Y que, bueno, pude sonar a pesimismo de psiquiátrico, pero que no vale de nada sentarse a desear que alguien vuelva, ni siquiera ir a buscarle, porque cuando algo termina lo hace de verdad. Las segundas partes no es que siempre sean peores, es que son imposibles. Ah, por cierto, ¿qué coño pasará con todas esas monedas que se amontonan en las tripas de las fuentes?
Escuchando: El cristal por dentro - Maga
jueves, enero 11, 2007
Acordes
Afiné la guitarra sentado en aquel precioso tejado. Desde allí se veían todas las escamas de Madrid. La cabeza de miles de edificios cortando la niebla como si fuera leche. A oscuras, con la única luz de la brasa de mi cigarro, comencé a pellizcar aquellos acordes que siempre serían LOS ACORDES. Sonó como de costumbre, pero el maullido de un gato escalador, morador de aquellas alturas, le dio un punto distinto, quizás más desgarrado.
Al terminar, me quedé vacío. Por primera vez. Era un vacío total que me aisló durante unos momentos de todo lo que me rodeaba. Sólo podía ver estrellas y planos en negro. Supuse que aquella canción, como siempre había soñado tras aquello, había purgado mi interior. Si en su momento fueron creadores, ahora LOS ACORDES habían puesto el punto final definitivo.
Me sacó de mi ensoñación un nítido aplauso. Al principio no supe qué era; de dónde venía. Un escalofrío recorrió mi espalda hasta despertarme del todo. Al fondo, en un edificio cercano, divisé una figura. También sentada sobre su tejado. Y con una guitarra sobre el regazo. Entonces, comenzaron a sonar unos acordes que en un principio eran desconocidos para mí, pero que, poco a poco, fueron despertando algo que comenzó a llenar mi interior de nuevo. Otra vez, el círculo volvía a empezar.
Escuchando: Hot House - Dizzy Gillespie
Al terminar, me quedé vacío. Por primera vez. Era un vacío total que me aisló durante unos momentos de todo lo que me rodeaba. Sólo podía ver estrellas y planos en negro. Supuse que aquella canción, como siempre había soñado tras aquello, había purgado mi interior. Si en su momento fueron creadores, ahora LOS ACORDES habían puesto el punto final definitivo.
Me sacó de mi ensoñación un nítido aplauso. Al principio no supe qué era; de dónde venía. Un escalofrío recorrió mi espalda hasta despertarme del todo. Al fondo, en un edificio cercano, divisé una figura. También sentada sobre su tejado. Y con una guitarra sobre el regazo. Entonces, comenzaron a sonar unos acordes que en un principio eran desconocidos para mí, pero que, poco a poco, fueron despertando algo que comenzó a llenar mi interior de nuevo. Otra vez, el círculo volvía a empezar.
Escuchando: Hot House - Dizzy Gillespie
jueves, diciembre 28, 2006
Batalla
Yacías allí, a mi lado. Tan ausente. Tan triste. Y yo sabía por qué era. Porque aquellos pájaros negros con forma de manecilla de reloj se lo habían llevado todo. Encendí un cigarro, y las volutas de humo subieron hasta el techo, formando anillos como los que nunca rodearían ya nuestros dedos.
Por mucho que deambulé por los recuerdos no encontré ningún ansiolítico que detuviera ese llanto de sentimientos; profundos como sueños llenos de monstruos y manos gigantescas.
Mandé a mis ejércitos a la reserva, pues el armisticio ya era un hecho. Después de meses de batalla, la guerra había terminado en tablas. Como suele ocurrir, por otra parte. Nunca hay vencedores y vencidos. Sólo hay derrotados. Y tú y yo lo éramos.
Así que me levanté de la cama. Tú me dabas la espalda, ya en otra dimensión, en otro mundo distinto al mío. A partir de entonces ajeno, pero al que volveríamos demasiado a menudo, al menos yo, porque, como dice Benjamín Prado en uno de sus libros, la nostalgia es un monstruo de tres sílabas que devora la razón.
Escuchando: The mess we´re in - PJ Harvey
Por mucho que deambulé por los recuerdos no encontré ningún ansiolítico que detuviera ese llanto de sentimientos; profundos como sueños llenos de monstruos y manos gigantescas.
Mandé a mis ejércitos a la reserva, pues el armisticio ya era un hecho. Después de meses de batalla, la guerra había terminado en tablas. Como suele ocurrir, por otra parte. Nunca hay vencedores y vencidos. Sólo hay derrotados. Y tú y yo lo éramos.
Así que me levanté de la cama. Tú me dabas la espalda, ya en otra dimensión, en otro mundo distinto al mío. A partir de entonces ajeno, pero al que volveríamos demasiado a menudo, al menos yo, porque, como dice Benjamín Prado en uno de sus libros, la nostalgia es un monstruo de tres sílabas que devora la razón.
Escuchando: The mess we´re in - PJ Harvey
miércoles, diciembre 20, 2006
Bocas
"Esta noche, buscando tu boca en otra boca, casi creyéndolo, porque así de ciego es este río que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados, qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor sabiendo que el placer es ese esclavo innoble que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.
Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas ni esperanza. Solo en mi casa abierta sobre el puerto otra vez empezar a quererte, otra vez encontrarte en el café de la mañana sin que tanta cosa irrenunciable hubiera sucedido. Y no tener que acordarme de este olvido que sube para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos y no dejarme más que una ventana sin estrellas".
After such pleasures - Julio Cortázar
Escuchando: Atoms for peace - Thom Yorke
Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas ni esperanza. Solo en mi casa abierta sobre el puerto otra vez empezar a quererte, otra vez encontrarte en el café de la mañana sin que tanta cosa irrenunciable hubiera sucedido. Y no tener que acordarme de este olvido que sube para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos y no dejarme más que una ventana sin estrellas".
After such pleasures - Julio Cortázar
Escuchando: Atoms for peace - Thom Yorke
martes, diciembre 12, 2006
Justicia poética
Allí está ella. Días tras día. Mañana tras mañana. Sentada en el banco del parque; sobre el respaldo, con los pies apoyados en el asiento. Su silueta recortada contra el espacio acolchado, verde, sobre el que juegan los niños. Pequeños como el tuyo, ése al que llevas todos los días, al que te veo pasear hasta el parque en ese carrito galáctico, más propio de una película futurista. Luego, lo aparcas al sol y te sientas. A veces con un libro en la mano, otras sin nada, simplemente mirando al vacío, con esa mirada triste que tanto me caló la primera vez. Esa misma mirada que me sigue paralizando cuando te veo llegar, a través del cristal, mientras friego las tazas de café que todos esos ejecutivos grises se han bebido a primera hora. Y luego me es imposible barrer la zona de la barra, poner los servilleteros, los ceniceros. Allí me quedo mirándote y pensando si podría arrancarte una sonrisa regalándote unas flores quizás. Y entonces pienso en quién será el padre de tu criatura y en que debería estar encarcelado sólo por permitirte vestir esa sonrisa triste. Condenado de por vida por dejarte languidecer, porque nadie que es feliz se sienta al sol de un parque tan bonito con esa mueca, como si fuera un mimo imitando a un aspirante a suicida. Y luego pienso que sería bonito ser un Robin Hood de las sonrisas. Robárselas a los que le sobran y entregárselas a personas como tú. Ser el paladín de la justicia poética. ¿Por qué no?
Escuchando: Little girl blue - Nina Simone
Escuchando: Little girl blue - Nina Simone
lunes, diciembre 11, 2006
Pistola
Sopesó de nuevo el arma y comprobó que ya no era tan liviana como le había parecido en un primer momento. No en vano, ahora cargaba con el peso de un asesinato. En ese instante pudo comprobar que la leyenda era cierta. Las armas se hacen cada vez más pesadas según van cumpliendo con su misión. A cada muerte, más peso. Así es como funciona, y él tenía la prueba en su mano derecha, una mano que había perdido para siempre la inocencia.
Escuchando: Into my arms - Nick Cave
Escuchando: Into my arms - Nick Cave
lunes, diciembre 04, 2006
Militares
“¿Alguna vez se ha sentido sitiado por el fuego y ha sabido que su vida en ese momento vale menos que un pedazo de mierda? ¿O se ha visto metido en un pueblo lleno de gente sin saber si quieren ayudarlo o matarlo? ¿Ha visto cómo sus amigos van cayendo en la batalla? ¿Ha almorzado con la gente sabiendo que quizá sea la última vez, que la próxima vez que los vea probablemente estén en un cajón? Cuando eso pasa, uno deja de tener amigos, porque sabe que los perderá. Uno se acostumbra al dolor de perderlos y se limita a evitar ser una de las sillas vacías que se van multiplicando en los comedores. ¿Sabe lo que es eso? No. Usted no tiene ni la menor idea de lo que es eso. Usted estaba en Lima, pues, mientras su gente moría. Estaba leyendo poemitas de Chocano, supongo. Literatura, ¿verdad? La literatura dice demasiadas cosas bonitas, señor fiscal. Demasiadas. Ustedes los intelectuales desprecian a los militares porque no leemos. Sí, no ponga esa cara, he escuchado sus bromas, he visto la cara de los viejos políticos cuando hablamos. Y las comprendo. Nuestro problema es que estamos hasta los huevos de la realidad, nunca hemos visto las cosas bonitas de las que hablan sus libros”.
Abril Rojo - Santiago Roncagliolo
Escuchando: Dance me to the end of love - Leonard Cohen
Abril Rojo - Santiago Roncagliolo
Escuchando: Dance me to the end of love - Leonard Cohen
viernes, diciembre 01, 2006
Reglas
“Cariño, poco a poco, voy cogiendo el pulso a esta ciudad. ¿Sabes?, a ti te encantaría. Los atardeceres tienen ese tono anaranjado que siempre te ha hecho feliz. Además, los pájaros vuelan más lento. De verdad. Aquí da tiempo a reconocerlos. Es como si fueran más confiados.
El otro día me senté junto a un estanque. Había patos; cinco o seis. Yo, lentamente, les arrojaba migas de pan para ver cómo se arremolinaban frente a mí. Uno de ellos, el que parecía ser el jefe, batió las alas un par de veces y los demás, diligentes, se alejaron, dejando todo aquel manjar para el dominante. Supongo que esta ciudad se basa en esto. Son sus reglas.
Aquí comienza a hacer frío. Como allí.
Cuídate y abriga tus pies con la manta verde. Está en el armario”.
Escuchando: Substitute - The Who
El otro día me senté junto a un estanque. Había patos; cinco o seis. Yo, lentamente, les arrojaba migas de pan para ver cómo se arremolinaban frente a mí. Uno de ellos, el que parecía ser el jefe, batió las alas un par de veces y los demás, diligentes, se alejaron, dejando todo aquel manjar para el dominante. Supongo que esta ciudad se basa en esto. Son sus reglas.
Aquí comienza a hacer frío. Como allí.
Cuídate y abriga tus pies con la manta verde. Está en el armario”.
Escuchando: Substitute - The Who
miércoles, noviembre 29, 2006
Hormigas
Miré por la venta de la habitación de aquel hotel de cuatro estrellas, enorme como un gigante. Debajo, a cientos de metros, el mundo seguía girando. Las hormigas y sus coches mantenían su ritmo frenético. Volví a dejar caer la cortina y la estancia adquirió un nuevo juego de colores. El Director estaba sentado a la mesa. En uno de los laterales. En cada una de las cabeceras, dos sillas permanecían vacías. Me acerqué al botellero y me serví un whisky con hielo. Eché un vistazo a la puerta y me senté en el mullido sofá que presidía la pared este de la habitación. El Director leía el periódico ajeno a todo. Yo me sentía inquieto; tenía ganas de que todo aquello diera comienzo ya. Se estaba retrasando demasiado.
La puerta se abrió con un chirrido al que siguió un golpe sordo. Él entró en la habitación. Traje impecable, zapatos brillantes y sombrero de ala. Sin duda, verlo le hacía a uno replantearse sino sería mejor idea marcharse al zoo a ver a los monos. Se saludó cortesmente con el director levantando levemente su sombrero. Conmigo fue igual de educado.
Fuera, el cielo se cubrió repentinamente. De pie, otra vez mirando por la ventana, comprobé que la lluvia ya había empezado a caer y las hormigas corrían a refugiarse.
Me vino entonces a la cabeza una escena que había vivido por la tarde, hacía unas horas. Un hombre, bien vestido, probablemente un ejecutivo, comía solo en un banco. Pinchaba lechuga de una ensalada de ésas que vienen empaquetadas, como si fueran piezas para un motor. Pensé que yo nunca querría acabar así; tan solo. Fue la sensación que me dio. No sé por qué, imagine que él estaba comiendo solo porque no tenía con quién hacerlo, al igual que vivía en un piso de soltero en soledad y sacaba una sola entrada en la taquilla del cine. De nuevo, la cortina. Me estaban esperando.
Escuchando: The fear - Pulp
La puerta se abrió con un chirrido al que siguió un golpe sordo. Él entró en la habitación. Traje impecable, zapatos brillantes y sombrero de ala. Sin duda, verlo le hacía a uno replantearse sino sería mejor idea marcharse al zoo a ver a los monos. Se saludó cortesmente con el director levantando levemente su sombrero. Conmigo fue igual de educado.
Fuera, el cielo se cubrió repentinamente. De pie, otra vez mirando por la ventana, comprobé que la lluvia ya había empezado a caer y las hormigas corrían a refugiarse.
Me vino entonces a la cabeza una escena que había vivido por la tarde, hacía unas horas. Un hombre, bien vestido, probablemente un ejecutivo, comía solo en un banco. Pinchaba lechuga de una ensalada de ésas que vienen empaquetadas, como si fueran piezas para un motor. Pensé que yo nunca querría acabar así; tan solo. Fue la sensación que me dio. No sé por qué, imagine que él estaba comiendo solo porque no tenía con quién hacerlo, al igual que vivía en un piso de soltero en soledad y sacaba una sola entrada en la taquilla del cine. De nuevo, la cortina. Me estaban esperando.
Escuchando: The fear - Pulp
lunes, noviembre 27, 2006
De cine
lunes, noviembre 20, 2006
Disfraz
Ocurría una vez al año y todos lo esperábamos con ilusión. Llegaba en primavera, cuando Mamá ya empezaba a ponerme ropa un poco más liviana. Lo recuerdo como en una nebulosa; aquellas cuatro paredes que encerraban un pequeño espacio plagado de pupitres. También me acuerdo de la pizarra, que separaba nuestra clase de otra en la que niños un poco más mayores –quizás un solo curso- hacían siempre mucho ruido. Yo llegaba a casa con una nota de la profesora en la que avisaba a mis padres de que pronto llegaría el día de la fiesta de disfraces. Todo un acontecimiento para nosotros, hastiados de jugar a la pelota en un minúsculo espacio rodeado de coches. Daba igual que no fueras rápido, ya que el espacio se te acababa pronto sino querías verte metido en medio de la carretera, entre pitos y frenazos.
Los dos días anteriores al evento no podía dormir. Imaginaba cómo sería la fiesta ese año y si mi disfraz seguiría gustando. Y es que yo siempre me disfrazaba de lo mismo. De payaso. Aquel día por la mañana, bien pronto, mi padre me despertaba y yo iba corriendo al armario en el que estaban las pinturas. Recuerdo que no eran unas pinturas normales. Antes de mi primera fiesta, yo nunca las había visto. Quizás, sólo las había imaginado. Eran como las plastidecor de toda la vida, pero más gordas y desprendían un aroma distinto, singular. Un olor muy característico que ya siempre iría unido a aquellos días de infancia. Las manos llenas de pintura mientras sentado en un taburete esperaba con paciencia que mi disfraz estuviera listo.
Recuerdo como mi padre, de manera minuciosa, pintaba mi cara de tres colores: rojo, azul y blanco. Yo había visto a los payasos en la tele y tenía claro cómo debía ir pintado. Pero mi padre siempre lo lograba. Me miraba en el espejo y tenía claro que mi disfraz volvería a gustar porque mi padre me había transformado a base de trazos con unas pinturas blanditas, como si fueran de plastilina.
Escuchando: He war - Cat Power
Los dos días anteriores al evento no podía dormir. Imaginaba cómo sería la fiesta ese año y si mi disfraz seguiría gustando. Y es que yo siempre me disfrazaba de lo mismo. De payaso. Aquel día por la mañana, bien pronto, mi padre me despertaba y yo iba corriendo al armario en el que estaban las pinturas. Recuerdo que no eran unas pinturas normales. Antes de mi primera fiesta, yo nunca las había visto. Quizás, sólo las había imaginado. Eran como las plastidecor de toda la vida, pero más gordas y desprendían un aroma distinto, singular. Un olor muy característico que ya siempre iría unido a aquellos días de infancia. Las manos llenas de pintura mientras sentado en un taburete esperaba con paciencia que mi disfraz estuviera listo.
Recuerdo como mi padre, de manera minuciosa, pintaba mi cara de tres colores: rojo, azul y blanco. Yo había visto a los payasos en la tele y tenía claro cómo debía ir pintado. Pero mi padre siempre lo lograba. Me miraba en el espejo y tenía claro que mi disfraz volvería a gustar porque mi padre me había transformado a base de trazos con unas pinturas blanditas, como si fueran de plastilina.
Escuchando: He war - Cat Power
lunes, noviembre 13, 2006
Ciclos
Como tengo esa extraña querencia por los moteles, a uno de ellos me dirigí aquella noche. Lo cierto es que, si se busca bien, se puede encontrar alguno relativamente cómodo, pero hay que poner interés y yo no estaba dispuesto a ello. Así que elegí el primero que se cruzó en mi camino. Un edificio sumido en la oscuridad; sólo arañado por la luz de dos farolas destartaladas.
Un cuaderno y un par de discos, todas mis posesiones aquella noche tormentosa del mes de noviembre. Así que, como no podía ser de otra forma, me puse a escribir sobre ti. Pero ya no eras una cara o un nombre. Ya no. Ahora eras todas las caras y todos los nombres de mujer. No había una única personalización porque, simplemente, ya no existía nadie para mí.
Me salió todo el texto sin pausa, a raudales. Mi mano movía el bolígrafo como si tuviera voluntad propia. De este modo, las hojas en blanco se vieron inundadas de una tinta que reproducía melenas rubias, ojos marrones, labios carnosos, tardes de domingo, besos bajo los árboles, lágrimas sentidas… En fin, todo un catálogo de relaciones a modo de recopilación. Al igual que algunos grupos o cantantes deciden, cuando llevan el suficiente tiempo creando y creen que ha concluido un ciclo, reunir sus mejores temas en un disco, yo había llevado a cabo un compendio de relaciones, convencido también de que un ciclo había terminado.
Ayer, me compré un cuaderno nuevo.
Escuchando: Tristeza - Iván Ferreiro
Un cuaderno y un par de discos, todas mis posesiones aquella noche tormentosa del mes de noviembre. Así que, como no podía ser de otra forma, me puse a escribir sobre ti. Pero ya no eras una cara o un nombre. Ya no. Ahora eras todas las caras y todos los nombres de mujer. No había una única personalización porque, simplemente, ya no existía nadie para mí.
Me salió todo el texto sin pausa, a raudales. Mi mano movía el bolígrafo como si tuviera voluntad propia. De este modo, las hojas en blanco se vieron inundadas de una tinta que reproducía melenas rubias, ojos marrones, labios carnosos, tardes de domingo, besos bajo los árboles, lágrimas sentidas… En fin, todo un catálogo de relaciones a modo de recopilación. Al igual que algunos grupos o cantantes deciden, cuando llevan el suficiente tiempo creando y creen que ha concluido un ciclo, reunir sus mejores temas en un disco, yo había llevado a cabo un compendio de relaciones, convencido también de que un ciclo había terminado.
Ayer, me compré un cuaderno nuevo.
Escuchando: Tristeza - Iván Ferreiro
viernes, noviembre 03, 2006
'Sudacas'
De pie, al borde del acantilado, Lucas observó la inmensidad del mar. Siempre le había atraído esa infinitud . Aquella tarde de otoño, sus pensamientos le habían llevado hasta el final del paseo. A la parte a la que nadie llegaba. Allí terminaba la zona asfaltada y un sinuoso camino de tierra conducía hasta ese acantilado. Un balcón desde el que contemplar el enorme vaso de agua salada.
Observando el horizonte, Lucas intentó encontrarle explicación a todo. Su mente no era capaz de digerir aquella situación. ¿Cómo era posible que se sintiera un extranjero en la tierra de la que provenía su sangre? Por más vueltas que le daba no podía imaginar hacia dónde había derivado un mundo en el que un hijo de español era tachado de ‘sudaca’ cuando regresaba a su tierra paterna. Con esa simple palabra le bastaba a todo el mundo para cerrarle las puertas de cualquier trabajo o para cargarle con las culpas del desempleo, la inseguridad ciudadana o las listas de espera.
Él intentaba explicarse por qué todo el país había olvidado los días en que tuvieron que ser ellos los que emigraron a la Argentina para poder sobrevivir. Ahora, esos tiempos difíciles se encontraban sepultados por esa cegadora sociedad del bienestar. En lugar de intentar devolver el favor con agradecimiento, les recibían de uñas; son jodidos inmigrantes.
No le cabía ninguna duda. Su padre, un coruñés de pro, estaría avergonzado de todo esto. Se retorcería ante la falta de memoria histórica que reinaba de manera indiscriminada. Ante el hecho de que se habían olvidado de ellos. Los que lo sacrificaron todo y contribuyeron de manera impagable al crecimiento del país desde la distancia.
Pero como los pensamientos no sirven para nada, Lucas retrocedió hacia el paseo y, con la frente muy alta, volvió a su ardua y desesperante tarea de encontrar un empleo en algún sitio donde los ‘sudacas’ no fueran vistos como sanguijuelas.
Escuchando: She's a jar - Wilco
Observando el horizonte, Lucas intentó encontrarle explicación a todo. Su mente no era capaz de digerir aquella situación. ¿Cómo era posible que se sintiera un extranjero en la tierra de la que provenía su sangre? Por más vueltas que le daba no podía imaginar hacia dónde había derivado un mundo en el que un hijo de español era tachado de ‘sudaca’ cuando regresaba a su tierra paterna. Con esa simple palabra le bastaba a todo el mundo para cerrarle las puertas de cualquier trabajo o para cargarle con las culpas del desempleo, la inseguridad ciudadana o las listas de espera.
Él intentaba explicarse por qué todo el país había olvidado los días en que tuvieron que ser ellos los que emigraron a la Argentina para poder sobrevivir. Ahora, esos tiempos difíciles se encontraban sepultados por esa cegadora sociedad del bienestar. En lugar de intentar devolver el favor con agradecimiento, les recibían de uñas; son jodidos inmigrantes.
No le cabía ninguna duda. Su padre, un coruñés de pro, estaría avergonzado de todo esto. Se retorcería ante la falta de memoria histórica que reinaba de manera indiscriminada. Ante el hecho de que se habían olvidado de ellos. Los que lo sacrificaron todo y contribuyeron de manera impagable al crecimiento del país desde la distancia.
Pero como los pensamientos no sirven para nada, Lucas retrocedió hacia el paseo y, con la frente muy alta, volvió a su ardua y desesperante tarea de encontrar un empleo en algún sitio donde los ‘sudacas’ no fueran vistos como sanguijuelas.
Escuchando: She's a jar - Wilco
domingo, octubre 29, 2006
Jazz
Allí, noche tras noche, un cuarteto de jazz ameniza las veladas. Cuatro hombres enjutos, trajeados, con corbatas negras sobre camisas blancas. Piano, trompeta, contrabajo y batería. El club, lejos de ser un lugar acogedor y placentero, no pasa de ser un agujero pequeño y oscuro. El humo de todos aquellos cigarros sujetos por labios ennegrecidos surca el espacio angosto hasta crear un densa cortina. La barra, siempre atestada, está regentada por Bill, un gordo malencarado famoso por no haber sabido encajar una broma en su vida. El único punto de belleza lo da Paula, la única camarera encargada de suministrar el alcohol a las mesas y de aceptar con media sonrisa las palmadas en el culo que le dan todos aquellos hampones. Aquella noche, al entrar por la puerta, el cuarteto estaba en plena actuación, y el maravilloso sonido de aquel solo de trompeta me dio la bienvenida. De inmediato me vino a la cabeza la primera vez que fui. Apenas llevaba unas semanas en la ciudad y recuerdo que me llevaste tú. Del brazo. Como se lleva a alguien que da palos de ciego en un lugar totalmente desconocido. Desde aquel día, y por encima de malos o buenos momentos, tengo que volver. Es como una adicción. Inevitable.
Escuchando: Lucky - Radiohead
Escuchando: Lucky - Radiohead
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