jueves, septiembre 11, 2008

Jack

Jack era un tipo muy antisocial, gruñón y bastante desagradable. Se pasaba las horas en su taller y, cuando echaba el cierre, se metía en su casa para no volver a salir más hasta la mañana siguiente. Tuvimos muchos altercados con él porque ponía la música muy alta y despertaba a la niña. Más de una vez las ruedas de nuestro coche aparecieron rajadas, o las ventanas cubiertas de barro. Nunca dudamos de que había sido él. Pero a mí marido y a mí nos daba demasiado miedo, con aquella pose suya de pistolero. Me cayó mal desde el primer día en que apareció en el barrio, aquella mañana en la que llegó con su sucia camioneta. Yo le calé al primer vistazo.

Me acosté con él en más de una ocasión. Hace mucho de aquello. Le había visto alguna vez por el bar y le había servido más de un whisky. Rápido me fijé en cómo me miraba las tetas. Me gustó su cicatriz en la barbilla, era morbo lo que sentía, sí, ahora estoy segura. Siempre fue en mi casa porque nunca permitió, y en ningún momento me quiso decir por qué, que fuéramos a la suya, pese a que le avisé de que en cualquier momento podría aparecer mi marido. Pues le mataré, me decía. Nunca le creí.

Conocí a Jack en mi primer viaje a Texas. Por aquel entonces yo era un comercial de una empresa de alimento para ganado que se ganaba la vida viajando de manera continua de un lado para otro. Con una carpeta negra bajo el brazo iba por todas las granjas de la zona que me hubiera tocado intentando convencer al lugareño en cuestión de que, con nuestros productos, sus reses serían las más grandes y sanas. Siempre había querido para mí esa libertad, esa sensación de apátrida que me acompañaba por aquel entonces. Pues bien, aquella noche, cuando le conocí, le vi matar a sangre fría a un pobre anciano. Sin dudar, sin pestañear, con sus propias manos. Desde entonces tengo pesadillas. Sueño que se cuela en mi habitación y me estrangula con sus sucias manos.

El desgraciado me robó aquella noche. Debió hacerlo cuando yo me marché. A la mañana siguiente la ventana de mi despacho estaba rota y el dinero que yo guardaba detrás de la librería había desaparecido. El muy cabrón debía de haberme estado espiando. Me tuve que haber fiado de mi primera impresión, cuando entró con ese ridículo sombrero que se ponía siempre. Tenía aspecto de perro apaleado, y nunca me han gustado, se las saben todas y jamás vuelven a aceptar una mano tendida. Debí cortármela antes de ofrecérsela.


Escuchando: Te favorece tanto estar callada - Niños Mutantes

2 comentarios:

beatus_ille dijo...

será mejor no buscar a jack!!


muy bueno el juego de voces, enriquece la narración!

bss!!!

Someone exactly like you. dijo...

A veces el morbo nos hace hacer cada cosa...

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